Cabecera Colmao

XVI BIENAL DE FLAMENCO / MIGUEL POVEDA

Una voz para un futuro mejor

‘HISTORIAS DE VIVA VOZ’
Gala: Concierto inaugural / Espectáculo: ‘Historias de viva voz’, de Miguel Poveda / Cante: Miguel Poveda, Carmen Grilo, David el Galli, Inmaculada Rivero, Juan José Amador hijo, Mara Rey, Miguel Lavi, Paco el Trini y Sandra Carrasco / Palmas: Carlos Grilo y Luis Cantarote / Guitarras: Chicuelo, Alfredo Lagos y Jesús Gutiérrez / Percusión: Paquito González / Piano: Joan Albert Amargós / Baile: Antonio Ruz, Laura Rozalén, Nani Paños y Rafael Estévez / Coreografías: Rafael Estévez, Nani Paños y Antonio Ruz / Orquesta: Orquesta Joven de Andalucía, dirigida por Michael Thomas / Artistas invitados: Moraito Chico y Esperanza Fernández / Dirección: Rafael Estévez / Lugar y fecha: Plaza de Toros de la Real Maestranza. 15 de septiembre de 2010
(Cuatro estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
La historia de la voz en el flamenco no se remonta al tiempo de los sumerios, pero sí han transcurrido al menos 200 años desde su gestación y casi medio siglo para poder concretar su tipología que, aún a día de hoy, está sometida a nuevas interpretaciones.
Llegar al conocimiento de ese pasado y evidenciar que las distintas tonalidades se alcanzan por las variaciones de longitud y de tensión de los pliegues vocales, ha sido un objetivo que Miguel Poveda ha superado con creces.
Ahora bien, hacer convivir cada época en su propia voz con paisajes de Isaac Albéniz y canciones como ‘Aurora’, es algo que jamás había intentando un cantaor, ya que exige un talento hoy sin cotejo, aparte de conocimiento, una amplia información y dominar la técnica del analista, esto es, investigar y analizar las voces pretéritas, interpretar sus modos y formas, y luego someterlas a análisis axiomáticos, no exactos, a fin de ofrecer resultados coherentes y fidedignos, desprovisto de toda parcialidad.
Así que lejos de todo interés particular y con el firme propósito de sumar y no dividir, Poveda ha propugnado el mensaje de coexistir bien para luchar por un futuro mejor, ha puesto voz a los que no la tienen y ha hecho la paz con todas las voces históricas, pues ha eliminado las leyendas estereotipadas y, por tanto, todos los conflictos generados.
Miguel Poveda marca, en tal sentido, un antes y un después, pues hace posible hasta la complementariedad en un ‘sketch’ sorprendente entre Mairena, Valderrama, Caracol, Chacón, Marchena o Porrina. Es decir, asume la cultura con payos y gitanos, y no de payos contra gitanos, con lo que defiende unos valores universales basados en la razón y no en un sistema de creencias o de culturas étnicas.
Desde la liviana, nana, mariana, pregones, la caña a tres voces y el polo, hasta la soleá de Cádiz a orquesta, sin olvidar las peteneras, tangos, malagueña, seguiriyas de Jerez y Los Puertos, alegrías, bulerías o los honores a Málaga, Almería, Huelva, Jerez, Lebrija, Utrera y Triana, toda la propuesta es un ejemplo rítmico de convivencia de modelos que crean una atmósfera de solidaridad inaudita, tal y como hizo con la soleá de Charamusco, en la que facilitó el entendimiento entre Mairena y Marchena, o con Camarón, Fernanda la Vieja, Bambino y Fernanda y Bernarda.
‘Historias de viva voz’ lograba, en consecuencia, facilitar el conocimiento del pasado desde la interpretación del presente, mientras que el público, que disfrutó durante dos horas y media, se rendía ante un Poveda que nos enseñaba que si la mejor manera de evitar los errores del pasado es recurrir a las voces complacientes de la historia para buscar las raíces, a la hora de contemplar los discursos expresivos hay que hacerlo desde la distancia, con perspectiva histórica, aprendiendo de sus errores y utilizando sus aciertos para llevar el flamenco a su máximo esplendor.
Así se garantiza el futuro del arte. El cielo, por su parte, lloraba horas después con una lluvia de agradecimiento no porque Poveda saliera por la Puerta del Príncipe, sino porque había señalado el camino para la gloria.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / JUAN EL LEBRIJANO

Carta blanca por bulerías a ‘Casablanca’

‘CASABLANCA’
Ciclo: Lo jondo del futuro / Concierto: ‘Casablanca’, de El Lebrijano / / Guitarra: Pedro María Peña / Violín: Faiçal Kourrich / Teclado y voz: Redouane Kourrich / D’Arbuka: Josef Boud / Coros y palmas: Juan Reina, Morenito de Coria y Juan Rincón El Indio / Percusión: Agustín Henke / Lugar y fecha: Teatro Lope de Vega. 16 de septiembre de 2010
(Tres estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN /Sevilla
Cuando El Lebrijano presentó el compacto ‘Casablanca’, las críticas fueron tan suaves por no saber escuchar lo audaz, como cobardes. Era el resultado de no pocos años de estudio para transformar la realidad y con esta obra dibujaba un nuevo espacio musical para lo jondo. Pero, a qué negarlo, nadie daba un duro por un disco que tomaba el título de la ciudad donde el propio artista estuvo retenido en el verano de 1997, y de la que pudo salir gracias a las intervenciones tanto de Manuel Pimentel, entonces Secretario de Estado de Empleo, como de quien firma.
El dolor hecho fiesta y la odisea musicada por entre los compases que más le impresionaron al gitano rubio en su anchurosa vida, fueron la madera noble en la que se labraron las composiciones de este trabajo que, por demás, inició una vía continuada con obras como ‘Lágrimas de cera’ (1999), ‘Sueños en el aire’ (2001), ‘Yo me llamo Juan’ (2003) y ‘Puertas abiertas’ (2005), pero que presentaba la dificultad de cómo llevarlo a escena con un formato instrumental que no desvirtuara la esencia del mismo.
Casi tres lustros después, la afición de Sevilla ha entendido el mensaje y le ha dado un cheque en blanco al proyecto, que no tiene por intención más que curar las lesiones del tiempo, actuar desde la libertad expresiva, armonizar los compases y formar una nueva unidad musical sin alterar los códigos éticos del mundo gitano de la baja Andalucía.
Y frente a la herida del tiempo, es el ritmo quien determina la poesía que subyace en la obra y con un tratamiento esclarecedor en muchos aspectos, tanto en lo relativo a la solidez, por ejemplo, de Manuel Machado o Casto Márquez, como a la intuición musical de El Lebrijano, alejado de la sistematización comercial pero con la salvaguarda de la originalidad, tal y como constata ‘En el soto’, en las bulerías ‘El profeta Isaías’ o en el villancico ‘Calle de San Francisco’.
Los tangos ‘Salamtak’ son las credenciales de Redouane, en tanto que El Lebrijano busca lo inédito entre los ‘Sueños en el aire’, derrama ‘Lágrimas de cera’ ante Sarkozy “que en gloria esté” (sic) y busca la liberación con ‘Chibulí’, quedando ya extenuado, agotado y sin una gota de vigor que exprimirle al esfuerzo, lo que contrasta con la colosal seguiriya de clausura, tan sobrecogedora que entre Paco la Luz y Félix el Potajón incluyó a Francisco la Perla, Tuerto de la Peña, Viejo de la Isla y Tío José de Paula. Sin palabras.
El concierto había permitido, pues, un recorrido por un pensamiento musical que sin duda abrirá boca a aquellos que todavía no hayan conocido sus obras, ya que al ingenio musical por entre los compases alternos, hay que desvelar que la mecánica que utiliza para conducirse por entre la relación poesía-música es cuestión de simetría.
El público, puesto en pie, despedía al artista por bulerías. Entre tanto, El Lebrijano, suspendido por la emoción, los tomaba como siempre hicieron los cantaores a carta cabal: su trabajo de medio siglo en el cante no había caído en terreno yermo, pues le daban una patente de corso porque la música, siempre en crecimiento, no es sólo para expresar sentimientos.
Si ‘Casablanca’ significó en 1998 dar un paso importante para el flamenco de autor, ahora es el motor para generar espacios emocionales, zona de encuentro para apasionados y, sobre todo, sitio de libertad para los seguidores del cante gitano.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / JOSÉ MENESE Y AGUJETAS DE JEREZ

Gana el canon artístico universal

‘ASÍ SE CANTABA Y ASÍ CANTAN’
Ciclo: Lo jondo del futuro / Concierto: ‘Así se cantaba y así cantan’ / Cante: José Menese y Agujetas de Jerez / Guitarras: Antonio Carrión y Antonio Soto / Lugar: Teatro Lope de Vega. 17 de septiembre de 2010
(Tres estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN /Sevilla
Frente al hecho de las formaciones grupales, tan de moda en aquellos que ni saben ni pueden cantar solos con una guitarra, o ante los belcantistas del tres al cuarto que facturan millonadas al año diciendo representar a un género al que manipulan sin rubor, están los cantaores de cuerpo entero, las voces que constituyen una noción medular de lo que el flamenco nunca debió dejar de ser.
José Menese y Agujetas se apartan de lo insustancial, de lo frívolo, y, por tanto, de la vaguedad del término flamenco. Ellos son auténticos y nada tienen que ver con la dictadura de las voces blancas. Tampoco se encadenan a las veleidades del dinero, ni agachan la cerviz ante la canalla política que todo lo empuerca. Lo suyo es invocar al cante como autodeterminación y como género que no necesita de disfraces para hacer palpitar a los oídos selectos.
Antonio Carrión fue el primer notario de la realidad que describo. Por los seis ríos de su ‘bajañí’ manaron notas que fueron las idóneas para evidenciar que el vocablo clásico hay que aplicarlo a Menese como denominación de estimación intelectual. Su universo de ideas no se mueve en el ámbito de la antigüedad, pero a la hora de cantar es un claro símbolo de la cadena áurea de entusiasmo arqueológico, tal que en la granaína y mariana, que sólo les sirvió para hacer la voz, en tanto que la farruca y los tientos los afrontó como si en ello le fuera un enfrentamiento contra el olvido y la dispersión.
Pero la idea de verosimilitud la confirmó en la soleá, a la que extrajo la esencia mientras armonizaba el deleite con sus fructíferos resultados, y en la seguiriya, que la abordó sin quedarse en la corteza, esto es, ahondando en las melodías hasta dar con el meollo de los estilos, evidenciando que tiene la fuerza de la tradición clásica pero también resolviendo el problema de la identidad personal y de la tradición como identidad colectiva.
Para Agujetas, que estuvo soberbio hasta los tientos, el clasicismo es aquello que es digno de imitar, de ahí que alzara la bandera de una ideal continuidad de lo gitano en tanto lograba con intermitencia la singularidad y la genialidad artísticas.
El jerezano se desangró dándole gañafones hoy inexistentes a la soleá a ritmo, soleá, seguiriyas y fandangos, bajando a partir de los tientos y repitiendo seguiriyas, soleá por bulerías y más fandangos como si quisiera evidenciar que la inmutabilidad de las reglas heredadas es un principio obsesivo irrenunciable, de ahí que hoy sea un referente para jóvenes que no tuvieron la oportunidad de disfrutar de su hondura en el decenio de los setenta del pasado siglo.
Y al cierre, una magnífica ronda por tonás y martinetes donde Menese y Agujetas sorprendieron a todos tanto por dar cobijo a la veracidad del cante cuanto porque el flamenco que ellos propugnan, que es el que todos los artistas toman como modelo para ser llamados de tal guisa, ganó su condición de canon artístico universal.
En tiempos en que se transgreden las formas clásicas porque así lo quieren los garantes culturales y se hace difícil la identificación de las voces con la densidad orquestal y la ocultación de los modos y formas flamencos, damos la bienvenida a quienes como Menese y Agujetas protegen lo inmutable, dos autoridades que no admiten discusión y que sin quedarse en el mero plagio, exploran los propios límites de la tradición al par que animan a las siguientes generaciones a hallar nuevos motivos de crecimiento ampliando las combinaciones melódicas de los grandes maestros.
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XVI BIENAL DE FLAMENCO / MORAITO CHICO Y GRUPO

Con El Grilo se exclamó ‘¡Viva Jerez!’

‘JEREZ. LA UVA Y EL CANTE’
Ciclo: Lo jondo del futuro / Espectáculo: ‘Jerez. La uva y el cante’ / Cante: Fernando de la Morena, El Torta, Luis el Zambo, Enrique Soto, Jesús Méndez, Manuela Méndez, Mateo Soleá, El Quini y Juan de la Morena / Baile: Rosario la Majuma, La Currilla, La Yoya, Merced la Churra, El Majumita y la colaboración estelar de Joaquín Grillo / Guitarras: Moraito, Diego del Morao, Manuel Parilla y Pepe del Morao / Palmas: El Bo, Chicharito, Gregorio Fernández, Rafael Junquera, Luis Cantarote y Carlos Grilo / Dirección: Moraito Chico / Lugar y fecha: Teatro Lope de Vega. 18 de septiembre de 2010
(Dos estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
Jerez nos ha decepcionado. No ha evidenciado en la Bienal ser un territorio del ingenio gitano en particular y flamenco en general, pero sí ha dejado claro que su autenticidad no quedará cuestionada mientras no se asuman papeles que no le corresponde, tal que el churrete de la puesta en escena, porque lo de ‘La uva y el cante’ no fue sino un pretexto para camelarse al programador.
Más de lo mismo pero en formato de bautizo pobretón, con un sonido verbenero que impedía escuchar las letras y un diseño de luces con abuso de tonalidades pajizas, aparte de con entradas y salidas de artistas impropias de profesionales, posibilitaron el hartazgo e impidieron que el fruto de la uva del cante se presentara maduro y los racimos del baile en su sazón.
La fiesta por bulerías de entrada fue ruidosa y mejorable la trillera de Fernando de la Morena, en tanto que después de media hora sólo hubo un detalle suelto, la cartagenera de Enrique Soto… Y así hasta apareció El Grilo en el patio de butacas, subió al proscenio y, al son que le marcaba Moraíto Chico, le dejó a Sevilla una genialidad por bulerías tan penetrante y pasmosa que nos hizo hasta llorar de gozo.
No hay quien le pueda a El Grilo. Es el mejor bailaor de su generación, sin duda, pero no figura en el pesebre de la Agencia de Flamenco porque exprime hasta los silencios, le pone gusto al gusto de los quiebros, compone música con los pies, juega con los contratiempos y hace del lenguaje corporal un género de arte mayor. O sea, que no tiene quien le haga sombra porque todo en él es maestría, todo espontaneidad, todo franqueza y confianza.
Después, a repetirse como el ajo. Casi una treintena de artistas y más fiesta por bulerías imposibles de escuchar por el sonido y los sones y ‘pataítas’ reiterativos. Ah, pero hubo tres excepciones: Jesús Méndez, que puede ser alguien; El Zambo, como siempre, y, sobre todo, El Torta, que hizo del cante y baile una batalla por ganar. El resto, mejor olvidarlo.
La crisis en el sector era, pues, como para estar de mala uva. El programa decía que todo giraría en torno a la uva y el cante, y la milonga fue de nota. Los lagares de la escena no estaban prestos, las circunstancias climatológicas (ensayo, sonido y luces) tampoco fueron benignas y las cepas estaban mustias.
Así que llegado el momento de la recogida, ni tan siquiera el veedor, Moraito Chico, vigiló todo el proceso en el viñedo hasta que se molturara en el lagar del Teatro Lope de Vega. La recolección, para colmo, fue mecánica, nada manual, y cuando cayó la tarde en la viña, la cuadrilla no estaba para escenificar aquel rito que en Jerez se viene dando desde el siglo XVIII en los campos con quienes hacían tareas de labranza y las labores en los cortijos, como Tío Juanichi el Manijero, Manuel Torre o El Gloria.
Esa veracidad salió de la garganta de Juan el Torta, que cantó al límite, pero el portador de la identidad jerezana fue El Grilo, que hasta a algunos hizo cantar por bulerías camino de Triana: “Entré en Jerez con mi borrachera, / y en Santiago puse bandera. / Y en El Arenal la puse también / con un letrero: ¡Viva Jerez!”.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / ROCÍO MOLINA

Si el pájaro vuela, ¿la artista baila?

CUANDO LAS PIEDRAS VUELEN’
Ciclo: Clásicos del siglo XXI / Espectáculo: ‘Cuando las piedras vuelen’, de Rocío Molina / Baile y coreografía: Rocío Molina / Cante: La Tremendita y Gema Caballero / Guitarras: Paco Cruz y Juan Antonio Suárez, ‘Cano’ / Palmas: Vanessa Coloma y Laura González / Dirección: Carlos Marquerie / Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza. 19 de septiembre de 2010
(Una estrella)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
El título del montaje era lo bastante esclarecedor como para que nadie pueda decir que las piedras vuelan, o lo suficientemente confuso como para tratar de explicar que los burros voladores existen. Y tanto, como que a quien lo sostiene sólo le faltará decir el color… del burro, claro.
Las piedras, evidentemente, no vuelan, pero sí duelen cuando te las pones de sombrero después de someterse a la ley de la gravedad de los cantes campesinos, lo que explica que saliéramos del teatro con la sensación de haber asistido no al Maestranza, sino a un tontódromo, sin encontrar relación alguna entre el enunciado y el flamenco, por lo que para no planear por la luna de Valencia con la crítica, lo prudente es razonar con las alas de lo racional.
En el hecho flamenco se dan seis elementos. A saber: el emisor que transmite el mensaje; el receptor que lo recibe; el mensaje, que es la información codificada; el código o conjunto de signos y normas dominados por los artistas secundarios; el medio para transferir el mensaje, en este caso el baile, y el contexto, es decir, el referente que le permite al receptor interpretar el mensaje y su código.
Pues bien. Sólo cuando se tienen claros estos conceptos, es cuando lo que se pretende transmitir es entendible, que es precisamente lo primero que echamos de menos en la propuesta. Pero aparte de la transmisión, el proceso también falla en la comunicación, que si es intermitente es porque el artista, después de liberarse de lo abstracto y lo general, no ha incursionado del todo en lo concreto y lo particular.
Esta comunicación ha de ser, mismamente, efectiva, y lo es cuando el orden lógico de la música -soporífera, plana, anodina y tediosa- y el cante milonguero, que solloza y teatraliza desde el ahogo insoportable de La Tremendita, tienen el mismo código que el baile, que por el contrario es virtuoso, enérgico, cargado de poses y recursos y con más zapateados que picotazos de pájaro carpintero
Visto desde este ángulo, podemos colegir que o Rocío Molina cree que las piedras pueden volar, o que no estábamos en condiciones óptimas para recibir su mensaje, lo que traducido al flamenco sería como la explicación que doña Pilar López dio en un vídeo durante la Bienal de 2006: sólo es coreógrafo de ballet argumental aquel que no obliga al público a leer en casa el programa de mano para entender lo que ha visto.
Hay momentos, obviamente, que se conservan en la memoria, sobre todo tratándose de una bailaora de una calidad indudable, tal que sus guiños por cantiñas, el número del banquillo giratorio o el garrotín, en donde sí vimos las alas del entusiasmo, pero el resto, incluido los tangos tan incesantemente aplaudidos, donde no hubo ángel ni arte y sí actitudes varoniles, queda para el olvido.
Mientras algunos abandonaron el teatro lamentando no ya la burda imitación al búho, sino tanto músculo y carnes al aire y tan poca feminidad en danza, los palmeros de todo a cien defendían que si hay quien adora a las vacas, dicho con todo respeto, ¿por qué no iban a volar las piedras? Pues no. Y así lo sentencia el chiste de aquellos agricultores que hablando de vacas les pasó por encima un burro volando, pero sin comentar nada. Poco después, pasa otro y ninguno reacciona. Y al pasar un tercero, confiesa uno al aire: “deben de tener el nido cerca”… En fin, que el pájaro para volar y la artista para bailar.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / ANDRÉS MARIN

Marín va más allá de la tradición

‘LA PASIÓN SEGÚN SE MIRE’
Ciclo: Clásicos del siglo XXI / Espectáculo: ‘La pasión según se mire’, de Andrés Marin / Cante: José Valencia y Pepe de Pura / Guitarras: Salvador Gutiérrez y David Marín / Laúd árabe: Yorgos Karalis / Marimba y percusión: Daniel Medina / Percusión flamenca: Antonio Coronel / Clarinete: Javier Delgado / Tuba: José Miguel Sanz / Artista invitados: José de la Tomasa, Lole y Concha Vargas / Lugar y fecha: Teatro Lope de Vega. 20 de septiembre de 2010
(Cuatro estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
El estreno ya se conoció el pasado 3 de marzo en Jerez e ignoro lo que allí pasó, pero certifico que Andrés Marín ha partido de la tradición, se ha dejado llevar por el determinante influjo cantaor e, inducido por la sonoridad propia de los instrumentos más dispares, el Lope de Vega se llenó de resonancias enmarcadas en una matriz: el baile, su baile.
Esa sonoridad carecería de brillantez sin la contundencia de las imágenes. Marín tiene una necesidad de convocar percepciones, experiencia y conocimiento. Y más allá del nivel de los invitados, hay que conseguir que las melodías abran su expresividad a otras esferas más plenas, esto es, convertir la queja, el quiebro, el ritmo, las armonías y los juegos tonales en algo mágico que los vuelva útiles, más allá de su finalidad y uso.
Es así como adjetivamos ‘La pasión según se mire’, un montaje que sitúa el principio en la canción árabe de Lole, como quien apuesta por la teoría de Blas Infante acerca del origen cantaor, y donde Marín parece querer decirnos que va más allá del sensorial de la música, que busca de manera consciente la perceptibilidad, su significado sensible, como constata cuando Pepe de Pura se templa por tientos para luego desembocar en la toná-liviana y seguiriya, palo que Marín aborda con un marcado equilibrio entre la emoción y el ejercicio de la inteligencia.
La tuba toma presencia y su estela es seguida por Concha Vargas y luego Marín, orden ideal para que la genialidad del baile alcance el ámbito de la revelación. El flamenco está lleno de símbolos, de recuerdos compartidos o no. Pero en el terreno de lo jondo, la acertada combinación de dos estéticas y la asonancia de estos dos cuerpos por tangos, fueron van más allá de la simple magnitud y condición significativa, ya que con ellos apareció el duende.
Tocaba el turno a las cantiñas de José Valencia, soberbio, para un Marín que se identifica planamente con ellas, en tanto que promueve un paso a dos entre Marín y Concha donde el romance permite la vigorosa lucidez de un gran espectáculo, esto es, las expresiones inevitablemente imprevistas.
La canción de Lole se diluye porque el recuerdo anterior fue muy duradero, al igual que la imitación al pájaro de Marín, en contraste con José de la Tomasa, que sienta plaza en Alcalá al par que estimula a un Marín que con pantalón de esgrima, el torso desnudo y un capirote de nazareno baila al son de ‘Amargura’, de Font de Anta.
El montaje recobraba la fuerza y Tomasa se queja con la toná grande Mairena, con lo que inspira a un Marín que, con martillos en las manos, se tritura en el mensaje cantaor, lo que da pie a una escena inesperada pero de una importancia nada baladí. Y me explico.
Marín coge el yunque y se lo lleva entre los brazos. A partir de este paradigma, a la mierda (con perdón) la crisis de la modernidad. Al espectador le surge la necesidad o no de reformular el lenguaje, en tanto que al crítico le aclara el valor que hoy toma el término postmodernidad, que pese a estar notablemente extendido, manifiesta gran inestabilidad semántica, de forma que acaba convirtiéndose para la mayoría en una metáfora agotadora, obsesionante e indeterminada. Marín, en cambio, nos ha demostrado que las más rebeldes pasiones sucumben ante el sentimiento del deber.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / FARRUQUITO

Faltó verdad, dirección y veracidad

‘SONERÍAS’
Ciclo: Clásicos del siglo XXI / Espectáculo: Estreno absoluto de ‘Sonerías’, de Farruquito / Baile: Farruquito, Irene Bazzini, Salomé Ramírez, Gema Moneo y Saray Cortés / Cante: Pedro el Granaíno, Antonio Zúñiga, Ángela Bautista y Mara Rey / Guitarras: Antonio Rey y Román Vicenti / Piano: Jaime Calabuch / Bajo: Alain Pérez / Percusión: Isidro Suárez y Antonio Moreno ‘Pollito’ / Artista invitado: Moncho / Dirección, música, letras y coreografías: Farruquito / Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza. 21 de septiembre de 2010
(Una estrella)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
Cuando Moncho abrió el cofre de su garganta para estampar en nuestros oídos los más hermosos boleros que escucharse pueda, y luego Farruquito tuvo momentos en la soleá de una magia canonizada por el legado gitano de su abuelo, nos frotamos las manos porque intuíamos estar ante el mayor espectáculo de la Bienal de Flamenco.
Pero se ve que Undebé no nos ha llamado por el terreno del vaticinio, porque a partir de ahí, mientras más aplaudían sus incondicionales, mejor se elaboraba la mayor decepción que la memoria del crítico retiene de estos 30 años de Bienal en Sevilla.
Farruquito ha querido rememorar a la comunidad flamenca que está emigrando a Sudamérica al menos desde que Silverio residiera en Uruguay entre 1857 y 1864, pero el viaje a Cuba le ha resultado una odisea tan adversa como la risa de la tristeza, siempre acompañado pero al final, a la hora de la verdad, siempre solo.
Moncho, repito, trasladó su proceso creativo al bolero de forma extraordinaria, y luego Farruquito sólo bailó dos letras por soleá, pero aún así evidenció que para guardar la honestidad en sus genes no hay más objetivo concreto que el baile por el baile.
No obstante, a partir de ahí bailan las cuatro niñas por guajira con una técnica como para repetir curso, y una coreografía tan pobre que entre paso y paso, sólo quedaba la nada. A esta calamidad le sigue otra mayor, Farruquito con idas y venidas sin ir a ningún sitio y con una guitarra eléctrica acompañando la canción ‘Nadie se queda nada’, de Antonio Machín, de lo que se colige que faltaba dirección (artística, escénica, coreográfica y musical).
Pero la torpeza remonta cuando tras un zapateado al son de tanguillos, bailó dos veces la misma letra de un taranto que, por cierto, cerró con los tangos más cameloncios que se recuerdan, seguidos de unas sevillanas de una pobreza de recursos inaceptable, al menos en una figura ante la que sucumben por la grandeza que se inclina ante la memoria familiar.
Y para rizar el rizo, el final del espectáculo -dicho en el peor de los sentidos- fue la canción ‘Apetecible’, de Alain Pérez, que era a lo que menos aspirábamos. Entretanto, todos con vasos en ristre como quien celebra el mangazo, porque no recuerdo una propuesta tan falta de cordura como de lucidez y pensamiento.
Ítem más. ‘Sonerías’ sólo es apta para entendimientos no cultivados, y no porque la evidencia sirva de criterio o regla para reconocer la verdad, sino porque la relación que hubo entre el entendimiento de los pasos y lo verdadero de las intenciones, fue como la desigualdad del predicado con el sujeto, esto es, la relación más incoherente entre la naturaleza del baile gitano y la imagen de Farruquito.
Si alguna verdad existe que pueda apellidarse de sentido común, ese es el arte sin mutilación, y no el que ofreció Farruquito, que no encontró la veracidad como valor esencial de su baile porque relegó los valores que le presumíamos a un sentido de arte menor. El orgullo y la honra de Juan y Rosario ha de dar un giro de 360 grados a este montaje porque el flamenco necesita disfrutar de un bailaor al que desde niño llamamos auténtico no por heredar el apodo de su tío, sino porque aprendió a unir en una misma verdad veracidad y convicciones.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / DORANTES

Un muro en la frontera del alma

‘SIN MUROS!’
Ciclo: Clásicos del siglo XXI / Concierto: Estreno absoluto de ‘Sin muros!’, de Dorantes / Músicos: Marcelo Mercadante (bandoneón), Ricardo Moreno (guitarra acústica), Faiçal Kourrich (violín), Yelsy Heredia (contrabajo), Los Melli (palmas), Tete Peña (percusión) y Rafael de Utrera (voz) / Invitados: Esperanza Fernández, El Pele, Pedro Peña y Renaud García-Fons (contrabajo especial de cinco cuerdas) / Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza. 22 de septiembre de 2010
(Dos estrellas)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
Salimos del concierto con dos ausencias, El Lebrijano, por la muerte de la bailaora Charo Cortés, la madre de sus hijos Juan y Ana, y el de José Mercé, que mantuvo su palabra de no acudir a la Bienal, a más de una convicción, la de que las ideas que bullen en la mente de Dorantes conciernen directamente a la música conceptual y técnicamente más avanzada, con elementos de calidad, sin duda, pero falta de emoción flamenca y de nitidez cognitiva.
No es ‘Sin muros’ un hallazgo absoluto, porque a medida que nos envolvía con su música, nada nos era familiar. Tampoco la sentimos, que es lo grave, y la aceptamos sin saber por qué en esta Bienal, porque más que mientras más nos deteníamos a desentrañar sus implicaciones, menos entendíamos lo escuchado.
Pero como la naturaleza de la música no se estudia en un laboratorio, sino por medio del contacto participativo y reflexivo, es decir por medio de la observación participante, sí tuvo algunos momentos a retener, sobre todo en la entrada, ‘Sin muros ni candados’, donde el contrabajista francés Renaud García-Fons se adaptó más a la emoción e intuición de lo jondo que la propuesta.
Los otros momentos, intermitentes, vinieron por mor del cante de Pedro Peña en soleá y seguiriyas, Rafael de Utrera por alegrías y El Pele por soleá, porque Esperanza Fernández lo que hizo fue no desplegar los registros de la guajira y advertirnos que el tema ‘Libertad sin rejas’ era una granaína sin vida.
Las composiciones citadas son flamencas porque la corporeidad del cante desempeña un papel decisivo en la comprensión de los significados musicales, vividos en la experiencia musical del entorno familiar y natural que le dio la popularidad, sin olvidar el modo de enlazar los ámbitos del gusto desde un proceso creador de notable curiosidad desbordante.
Y ahí está el quid de una propuesta que, con demasiadas concesiones al aburrimiento, rezume parcialmente musicalidad flamenca, ya que salvado lo anterior, se nos antojó una música indolora y abstrusa que parece sólo apta para el aplauso de mentes proclives a la pedantería, por más que a la salida, después de más de dos horas de duración, un espectador espetara a voz en grito: “¡Vaya coñazo de concierto, Dorantes¡”.
Admito que una determinada obra posea una estructura basada en una gran complejidad y número de leyes armónicas que la gobiernen, pero en tal caso, lo más probable, como así ocurrió, es que, salvados los incondicionales, el público que asiste a escuchar flamenco no sea capaz de procesar tal cantidad de datos y lo perciba simplemente como un proceso caótico sin sentido.
Los flamencos, desde esta perspectiva, debieran saber que el arte no es crear estructuras inabordables, sino obras donde la sencillez de la transmisión y el mensaje claro y de fácil asimilación forjado en el interior del espíritu del artista, sean capaces de tocar lo más sensible del público y compartir sus vivencias.
‘Sin muros’ no dispone, en consecuencia, de claridad de exposición ya que en sus focos excéntricos, tan dispersos, los influjos aborígenes no asoman más que en el cante, y las gentes sencillas demandan exigencias de ejecución primero, y, después, rigores de identificación. Lo contrario es levantar un muro en la frontera del alma para suplir el hondo vacío de las ideas.

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XVI BIENAL DE FLAMENCO / VALDERRAMA

Conoce a los cantaores, no al cante

‘MAESTROS’
Ciclo: Flamencos y otras aves / Concierto: ‘Maestros’, de Valderrama / Voz: Juan Valderrama / Guitarra: Daniel Casares / Piano: Laura de los Ángeles / Violonchelo: Rafael Domínguez / Contrabajo: Alberto Román / Violín: Alejandro Álvarez / Palmas: Grupo Jaleo / Invitados: Dulce Pontes y El Güito / Dirección musical y arreglos: Jesús Bola / Lugar y fecha: Teatro Lope de Vega. 23 de septiembre de 2010
(Un punto negro)

MANUEL MARTÍN MARTÍN / Sevilla
Nada más oportuno que rendir tributo a quienes sembraron la semilla del conocimiento. Nada más grato que reconocerse en sus frutos irrepetibles. Nada más reconfortante que cada generación transmita sus saberes a los demás. Y nada más ejemplarizante que proclamar a los cuatro vientos que maestro es aquel que vive en el empeño de mejorarse a sí mismo.
Todo le ha faltado a Valderrama. Ha querido fomentar el deseo de la reivindicación y lo que ha hecho es un responso por quienes nos quitaron el velo de la ignorancia. Porque a ver, maestro es su padre, que supo sacar del hijo lo más valioso para que se sintiera vivo cantando, pero el chico se invistió de la estética paterna a fin de confiar toda su propuesta parodiando a Pepe Marchena y, por tanto, al valor de la melodía como única fuente inmutable de la propia naturaleza musical.
A la rosa marchenera le quitó la fragancia; la farruca y el garrotín fueron insoportables, y el homenaje a Vallejo, donde deshonra a todas las Llaves de Oro del Cante, desde Camarón a Fosforito, y en el que anuncia como granaína lo que es media granaína, fueron sus credenciales ante un público que ni se enteró de cómo amagaba con sus palabras más que daba con los cantes, se iba de tono una vez y otra también, se perdía en el ramaje del compás, abusaba del falsete para engatusar al lego y no cesaba de mirar al atril porque las letras les resultaban tan extrañas como las músicas.
Mismamente en el concierto confundió el fandango de la calle Rute con Lucena; dijo que la malagueña de Baldomero Pacheco, que es la que más se premia en los concursos, se cantaba poco; arrojó por el abajadero de la ineptitud los campanilleros de la Niña de la Puebla; permitió que Dulce Pontes lo engullera en la guajira marchenera, y le cantó por soleá a El Güito para multarlo.
Obvió, por demás, que El Mellizo, Silverio o Chacón fueron la garantía del porvenir; cómo con Marchena se constata que no hay maestro que no haya sido discípulo, o cómo con Pastora se disipan todas las dudas entre gitanos y no gitanos, aparte del magisterio de Manuel Vallejo o la preparación, tenacidad y vocación de los que adrede condenó al silencio.
Quiero explicar que si Valderrama olvida que entre los grandes maestros no hay categorías, sino diferencias, es porque sigue rancios consejos que relegan a aquellos que como Mairena, Torre, Tomás o Mojama, no son culpables de su educación flamenca, por lo que el cantante -que eso es lo que es-, abrió heridas ya cerradas y nos dibujó una amarga sonrisa, y no porque los otros fueran gitanos, sino porque el buen alumno es aquel que es capaz de criticar el propio conocimiento.
Pero más allá del desagravio, tampoco se comprometió con el calado de sus reivindicados, esto es, no arriesgó nada. Se limitó a la peor copia que conozco de Marchena buscando lo lindo, que no lo sublime; agradó a sus gentes más que conmovió; dio dulzura que no


Artículos publicados en El Diario “El Mundo”