Aurora,
el perfume del calor
‘CANTANDO
A LA LIBERTAD’
Ciclo: XXVIII Jueves Flamencos / Espectáculo:
‘Cantando a la libertad’ / Al cante:
Pansequito y Aurora Vargas / Al toque: Diego Amaya
/ Al baile: Compañía de Lidia Cabello
/ Lugar y fecha: Baluarte de la Candelaria. 22 de
julio de 2010
(Tres estrellas)
MANUEL
MARTÍN MARTÍN / CÁDIZ
La segunda jornada de los Jueves Flamencos, ‘Cantando
a la libertad’, incitaba a promover la libertad
de expresión para los músicos, lo
que obliga al crítico a manifestar sin ambages
que en la España de la corrupción
y la mentira, ser flamenco con calidad y hondura
es un serio problema. Es más, no se lo recomiendo
a nadie porque es como vivir en una desesperante
marginalidad.
Menos mal que en Cádiz es permanente la celebración
de esta gran festividad que enaltece las inquietudes
artísticas y no sólo a la musa de
lo jondo, ya que por estos pagos se entiende que
el flamenco es, por definición, una obra
inacabada, se está rehaciendo continuamente,
por eso es la máxima expresión de
la libertad, de lo que se infiere que la libertad
de expresión suena a música cada vez
que un flamenco abre la boca.
Aclarado lo anterior, había, pues, que avivar
el fuego, y para ello nada mejor que abrir la noche
con el ardor, la pasión, la vehemencia y
la vivacidad de Lidia Cabello, que no sólo
presentó una propuesta que ha logrado madurez
e imagen propia, sino que desde sus arqueadas caderas
se despeñaron unas seguiriyas que fueron
dejando espacios donde la creatividad, la comunicación
y la expresión fueron la esencia de este
palo tan gaditano.
Pero si el baile expresa libertad, búsqueda
e identidad propia, la noche demandaba el fuego
que representa la fortaleza del espíritu
gitano, Pansequito, el reino de la sombra espesa
que salió a por todas y no a resolver cuestiones
filosóficos, sino a plantearlos, tal que
elevar la voz en nombre de los flamencos auténticos,
esto es de aquellos cuya libertad e independencia
es la primera garantía de la libertad y la
decencia para todos.
Pansequito, en cuyo rostro se advertía la
presencia clara del optimismo, despejó a
compás el ramaje denso de las alegrías,
le costó recobrar el equilibrio perdido de
la soleá, descubrió por taranto que
el cante no es más que lenguaje ultracargado
de sentido, de ligazón y de sonido, y evidenció
por bulerías por qué ante un cantaor
como él el duende duerme sin cerrar los ojos.
Empero, si hay una artista que sirve de identificación
para la pureza o, dicho de otra manera, que es la
voz para acabar con lo negativo del flamenco de
este tiempo, esa es Aurora Vargas, que simboliza
el fuego que permite aventurarse en la noche invernal
de los estilos, a los que confiere tanta temperatura
y tan placentera que a nadie le importa quemarse.
La sevillana del barrio de la Macarena volcó
todo su amor en la obtención de ese fuego,
pues si desató un encanto personal, como
por instinto, en las alegrías, albergó
dudas en la soleá y desencadenó pasiones
encontradas por tangos, para concluir con unas bulerías
en las que nos arrojó todo el perfume de
su calor.
Aurora Vargas se había columpiado en la fragancia
de esas bulerías como si derramara sangre
purificada en cada tercio, al punto que de tiempo
en tiempo estallaba como un volcán, con gemidos
embebidos y aderezados de quiebros danzantes que
nos alcanzaron por su capacidad órfica, ondulante,
sensual, logrando la locura colectiva y dando la
razón a aquel viejo patriarca gitano del
Puerto que, en el uso de la libertad y ante el cadáver
de su adversario, manifestaba que la tierra es al
muerto como el calor del fuego al cante gitano.
(Publicado
en El Diario El Mundo el día 24 de julio
de 2010)