PRÓLOGO
Don
Alfredo Arrebola Sánchez, de nombre artístico
Alfredo Arrebola, profesor de Educación General
Básica y Doctor en Filosofía y Letras,
nació en la provincia de Granada, en Villanueva
Mesía en el año 1935. Actualmente es Director
del Aula de Flamencología de la Universidad de
Málaga y miembro distinguido de la Cátedra
de Flamencología de la Universidad de jerez.
Bien le corresponde la denominación de «profesor-cantaor»,
como él le gusta llamarse, cuando su magisterio
proviene de sus oposiciones que refrenda un serio doctorado
universitario así como su valiosa especialización
humanística en griego y latín. Es decir,
Alfredo Arrebola, profesor-cantaor, el amigo de todos,
el extraordinario intérprete de los cantes del
sur, es universitario y erudito maestro que practica,
junto a la enseñanza, el difícil arte
de ser el portavoz del viejo pueblo andaluz expresando
sus emotivas y sabias coplas en infinidad de modalidades
y estilos.
Alfredo Arrebola, el hombre de los grandes premios (cinco
veces de Malagueñas; de Seguiriya y Tonás
en el certamen de cante Jondo de Antequera; de cantes
de Levante, en la Unión; de Granainas y Media
Granaina, en Granada; así como premios nacionales
en Cabra, Fuengirola, Almería y hasta Saeta de
Oro en Sevilla) surge providencialmente en el mundo
del flamenco para sin necesitar ilustre escribano, ajustar
tercios y descubrir olvidados sones y cadencias, remotos
ritmos y aseando ajadas maneras confusas y mal empleadas.
Y reseño estos galardones porque ellos confirman
esa excelente preparación que su menester de
elegido, su gran compromiso exige. Es toda una vida
de intelectual dedicada a rastrear en las excelencias
de las distantes colectividades que conservan gustos
y gozos de nuestros ancestrales antepasados.
Una feliz consecuencia de esta magnífica &formación,
de su constante entrenamiento y continua dedicación,
como de esa ,,ocasión investigadora que lo acosa
y atosiga es la enorme discografía de este auténtico
personaje que, naturalmente, por su erudición
literaria y su sensibilidad andaluza está obligado
a señalarle música y parcela flamenca
a la lírica de García Lorca, Rafael Alberti
y Antonio Machado. Cada uno posee sus coplas y sus cantes,
que él ha distinguido y separado, tal como lo
hace el pueblo espontáneamente, ahora efectuado
por su representante uniendo lo visceral, el «arranque
ciego» de Alberti, con la ciencia del humanista.
La misma intención prevalece en esa especie de
ensayo tan suyo, tan peculiar sobre los poetas del 27,
de esa inquieta y egregia generación, a los que
asimismo coloca y distingue con tanto acierto según
el contenido y el aire flamenco de sus composiciones.
Y vuelve, se reitera con idéntico éxito
con el entrañable Antonio Machado tan lleno de
sentencias, de profundidad y de gracia señera.
El sentimiento religioso es innato en Alfredo, siempre
atento a su conciencia, al comportamiento y a la conformidad.
Por encima de todo está el Señor y los
que estamos abajo, atados a la tierra, debemos traerlo
hasta el corazón, darle cabida en el alma que
siempre se expresa por la boca que, si es la de un cantaor,
armoniza las palabras para decirlas en saetas.
Pues, bien, tres preciosos discos enriquece esta fantástica
colección de estudios e interpretaciones de cantes
de la tierra, a los que hay de unir dos preciosas misas
flamencas que han recorrido España entera junto
a «Mi cante es una oración», de un
misticismo evocador que sobrecoge.
Una cosa es aclarar y orientar con suficiencia, con
autoridad, y otra diferente es seguir la liebre campera,
buscar el rastro de una modalidad perdida, olvidada,
que alguien aún modula, entona, gorjea en el
tajo del trabajo o apoyado en un mostrador, con su copa
de vino por acompañante, depositando compás
y tercios en unos oídos dispuestos para un cerebro
atento y capaz. Más de una vez me he tropezado
con un Alfredo feliz, exultante, porque una malagueña,
ya en el olvido, la había recogido y salvado
en la boca de un labriego o en la voz retraída
y melosa de una anciana mientras atizaba la lumbre en
la cocina o en la chimenea de su choza. Pero a veces,
como en la «malagueña del chato de las
ventas» fue una distinguida señora quien
se la cantó.
Tanto en la «Antología de la malagueña»,
en sus dos volúmenes, como en «Los cantes
de Málaga y Levante» y en los «23
estilos cantados y explicados en T/E», con dos
casetes y un libro, existen estas valiosísimas
aportaciones que se repiten en los sabrosos discos de
las «raíces de los cantes flamencos»,
que vienen con un texto tan fácil de leer como
bien documentado.
Toda esta correlación entre impulsos expresivos
y ancestrales modos musicales implicaba una comunicación
eminentemente lírica y emocional que sirvió
de base para la Tesis Doctoral que Alfredo defendió
tan brillantemente en Granada en el año 1978
con el título de «Flamenco: vehículo
de comunicación humana y expresión artística».
Casi inmediatamente se publica una magnífica
colaboración al curso internacional de Filología
Española dirigido por don Manuel Alvar, llamado
«Poesía y cante».
No tarda en aparecer unos estupendos ensayos sobre «El
sentir flamenco en Béquer
Wllaespesa y Lorca», como el sorprendente «Sentir
flamenco en Picasso y Manuel de Falla», que es
Premio Nacional. Posteriormente, con el mismo éxito
de siempre, se le publica un libro que cita y comenta
a diversos escritores malagueños que tratan sobre
nuestro folklore y me realza su amistad, integrándome
en el escogido grupo.
Alfredo es un magnífico escritor de fácil
convincente pluma, que disfruta repartiendo plácemes
con sus numerosas citas, con su gigantesca documentación,
señalando los méritos de cada uno y olvidándose
de los suyos, como si se colocara de mero narrador.
Esta esplendidez tan suya, esta innata generosidad,
como su compromiso con la exactitud, caracteriza cuanto
escribe abundando las notas y los testimonios en glosas
que enriquecen cualquier pasaje de la obra. Un ejemplo
de esta largueza es su verdadero tratado sobre «cantes
preflamencos y flamencos en Málaga», en
el que el autor traza unos personales límites
y tolerancias que, sin conceder privilegios ni barrer
para sus adentros, expone con la elegancia de los buenos
modos para no molestar. Es decir, se apoya pero no descansa
en nadie, ni a nadie realmente importante deja fuera
de la foto.
Unos veinte libros avalan el esfuerzo de este hombre
que se aparta, se enclaustra para sus «Reflexiones
flamencas de un cantaor», en el que su misticismo
racial emana en altura y deleite desde la primera hasta
la última página, seleccionando temas
y letras con su peculiar exquisitez y ternura.
Tras la «Presencia de & mujer en el cante
flamenco», con un magnífico casete adjunto,
prepara un merecido elogio a los cantores, artistas
que se ganan la vida cantando tengan o no tengan ganas,
con su familia a cuestas, con su competencia, su crítica
y su formación continuada. Buena gente ésta
que, si no triunfa plenamente, renquean tristemente
durante toda una existencia. Pero asimismo muchos son
genios creadores que merecen el reconocimiento y la
admiración de cuantos nos entusiasma esta difícil
manifestación de tan hondas raíces.
No cabe duda que la actividad artística de Alfredo
durante estos últimos treinta años y los
que Dios disponga es y será extraordinaria. Ni
le faltan energías y le sobra ilusión
para seguir asistiendo a toda clase de charlas, recitales,
congresos, así como seguir sus colaboraciones
en revistas, prensa, radio y televisión, habiendo
alcanzado tal prestigio, tanta popularidad y merecida
fama que en la misma Costa Rica tiene su peña,
la «Peña flamenca de Alfredo Arrebola».
Sólo me queda agregar, reafirmar que este personaje,
por supuesto un gran humanista, es un enamorado del
cante y de todos los cantes, grandes y chicos, porque
él los engrandece, les saca sus esencias con
su poderío, arte y sapiencia, con lo que ha conseguido
esas extraordinarias Misas Flamencas que, a mi modesto
parecer, nadie ha superado. El domina los cantes payos
y gitanos, disfrutando y recreándose con sus
insuperables caña, polo, liviana, serrana...,
palos que apenas tocan cantaores actuales. Y como igualmente
es un saetero soberbio, magistral, además de
hombre de fe, termino este cariñoso prólogo
para este gran amigo con el final de la saeta:
Y
se lo pido con mi canto,
Señor
de alto poder,
Atiende
ya mi quebranto
Porque
soy hombre de fe.
Antonio-S. Ubaneja.
(Resumen del Prólogo)
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