LAS TRES MUERTES DE JUAN BREVA

Escrito por José Ramón Zapata el .

Una investigación de ‘El eco de la memoria’, publicación de Málaga en Flamenco coordinada por José Luis Ortiz Nuevo, recupera las dos muertes infundadas del legendario cantaor malagueño Juan Breva (Vélez-Málaga, 1844- Málaga,1918) y algunos detalles de su vida aún inéditos, tras la investigación en diferentes periódicos de finales del siglo XIX y el estudio de los fondos del Archivo Díaz de Escovar de Unicaja en Málaga. Este viernes se cumple el 88 aniversario de su muerte.

La alargada figura del celebérrimo cantaor de Vélez, Juan Breva, fallecido en junio de 1918, recobra vida nuevamente en el número especial de ‘El eco de la memoria’ -publicación de Málaga en Flamenco que se viene repartiendo entre los espectadores del ciclo ‘Los Jueves de la Crítica’- para paradójicamente sacar a colación la crónica de sus tres muertes. Como toda leyenda, su biografía está colmada de anécdotas y recubierta como en este caso, de episodios misteriosos en la que los periódicos de la época hicieron de luctuosos altavoces de los rumores de la calle.

Sobre las tres muertes proclamadas, publicadas, de Juan Breva, dos de ellas fueron infundadas como no podía ser de otra forma, según las recientes indagaciones realizadas por el equipo de colaboradores de José Luis Ortiz Nuevo, nuevo director artístico de Málaga en Flamenco. Diferentes periódicos de finales del siglo XIX se hicieron eco de aquellos desafortunados anuncios, publicaron las aclaraciones y agregaron desaforados elogios por honrar su nombre y su arte ante el desaguisado.

Sobre su primera muerte, 1885

Así la publicación periódica Málaga Cómica incluye en su páginas (10 de octubre de 1885) la siguiente rectificación sobre una primera muerte anunciada. “Son muchos los periódicos de Provincias que vienen ensañándose con Juan Breva. Todos se hacen eco de la noticia dada por la prensa de esta capital, referente al fallecimiento del célebre cantaor; pero ninguno reproduce la rectificación hecha por los mismos diarios de Málaga”, a lo que acompaña “¡Juan Breva vive, vive para eterna gloria de nuestro cante! (No del cante de la redacción sino de la región andaluza”.

El célebre artista de Vélez estaba vivito y coleando por entonces tanto que poco tiempo después, en 1886, se anunciaba a bombo y platillo su inclusión en un cuadro que acompañaría a las Viejas Ricas de Cádiz en el Teatro-circo Variedades, según la Unión Mercantil del 27 de abril del mismo año, donde aparecía como cantador junto a Félix Magan o Antonio Pozo.

El Tribuno, otro periódico de finales del siglo XIX, hace mención a esta primera necrológica incierta en sus páginas del 7 de enero de 1891. “Este famoso cantaor a quien se dio por muerto no hace mucho tiempo y se dijo después que había perdido la voz, ha llegado a Madrid y anoche tuvieron el gusto de oirle sus amigos en el acreditado colmado El Puerto. La llegada de Breva es todo un acontecimiento para los aficionados, que muy pronto tendrán ocasión de oir a aquel rey del cante. Juan Breva no sólo no ha perdido la voz, sino que puede decirse que la ha mejorado”.

Sobre su segunda muerte, 1913

El segundo obituario dedicado a Juan Breva tiene fecha de 1913, aparece en El Guadalete de Jerez el 16 de julio de aquel año, publicándose en éste íntegramente una extensa y sentida necrológica del ilustre vecino de Vélez aparecida previamente en El Cronista de Málaga. Para comenzar la historia no estaba tan clara: “Obscuramente ha fallecido en Almería el famoso artista de cante andaluz Juan Breva(...)”, artículo fallido al que le seguían todo clase de elogios y piropos en el que se recordaba su cúspide artística “En los tiempos del auge del gran cantaor cuando vivía en Madrid, fue solicitado para muchas juergas de rumbo. Juan Breva se hizo oir de reyes y de príncipes, de nobles y magnates, que lo consideraban como el divo del cante hondo”.

En aquel mismo obituario se hacía alusión a un retiro dorado en el que vería el ocaso de su vida, algo alejado de su auténtico y desgraciado final. “Juan Breva se retiró a vivir de sus ahorros. Ganó mucho y conservó lo preciso para pasar una vejez sin privaciones”.

Como anécdota de alcance, al día siguiente de salir en los papeles este obituario, el mismo periódico de Jerez se hace eco de lo publicado en el Diario de Cádiz, en el que se comenta la visita a la redacción del hijo del cantaor, que no sale de su asombro cuando le informan de lo publicado, su padre, muerto y él sin enterarse. Todo quedó en otro malentendido de la prensa. Así rezaba la noticia mencionada: “Había venido dicho señor a Cádiz para viajes de negocios creyendo en completa salud a su padre, que reside en la provincia de Almería y aunque persona de su amistad con quien estaba, procuró ocultarle el triste anuncio de su muerte, que publicó el Cronista de Málaga y aquí se reprodujo, por una de esas coincidencias que no son raras (..) Se comprenderá la dolorosa sorpresa del viajero aludido, quien tenía carta de su padre, fechada el viernes, sin ningún dato o indicio de que estuviera enfermo. Telefoneó en el acto y vino al Diario por si conocíamos algunos antecedentes más, de que carecíamos. Celebraremos que obedezca a un lapsus dicha información, y que la respuesta esperada sea tranquilizadora”.

Y así fue Juan Breva todavía no había muerto pese a los intentos reiterados de mandarlo antes de tiempo a criar malvas.


A la tercera, la certera
Por último ‘El eco de la memoria’ publica la última, verdadera y definitiva necrológica del cantaor aparecida en El Regional, el 9 de junio de 1918, murió el día anterior, donde se daba cuenta de su silenciosa y decrépita muerte. El veleño universal aparece también recordado en ella en su cumbre artística. En los tiempos donde compartía éxitos de relumbrón con los toreros Lagartijo o Frascuelo y donde le iban a la zaga Chacón, El Canario o La Trini.

En este artículo se da cuenta de una vida artística colmada de honores, henchida de celebridad sin parangón, del cantaor que abrió por primera vez al cante el Palacio Real, fue amigo de Alfonso XII, primera figura siempre que actuó en el mayestático Café de Silverio y ganaba más que nadie, trabajando en tres teatros de Madrid a la vez, a 10 duros por día, casa y marcándose el prurito de cobrar en oro algunos de sus emolumentos.

Aquel “que tenía cuerpo de gigante y voz de niña y que como Homero cantó ciego, con voz de mar sin luz y de naranja exprimida”, según dijo Lorca. De “lobo o pájaro de amor” como lo definió Ruben Darío, que abrió los teatros al cante de forma popular, creador de un estilo propio de malagueñas y abandolaos. Aquel mismo, que todo lo derrochó y vería, ya con los ojos velados, como se cuenta en este número, esfumarse la gloria y el oropel, mísero, casi ciego, tanto que sus amigos más cercanos tuvieron que pedir limosna para sufragar su entierro. Aquí ya Antonio Ortega Escalona, a la tercera vio de verdad apagarse la última luz de su vida.