LA “ENJUNDIA FLAMENCA”, DE SERGIO ARANDA, NOS RETROTRAJO A SABORES AÑEJOS

Escrito por José Ramón Zapata el .


 “La infancia es la razón en reposo” (J.J. Rousseau). La misma que Sergio Aranda ha decido recuperar, de lo más recóndito de sus entrañas, y hacerles copartícipes a sus lugareños.
No era tarea fácil para este malagueño, afincado en Madrid, triunfar en una tierra de tantos y tan buenos artistas del baile flamenco. Para la ocasión eligió “ENJUNDIA”, un espectáculo muy bien elaborado y meticulosamente regido desde las bambalinas.
Sergio Aranda dio toda una lección de cómo se debe bailar flamenco en masculino. Su dominio de piernas y, sobre todo, de los pies, no deja lugar a la duda: ¡su baile no es de esta generación!. Cierto es que, para mi gusto, debería aprovechar mucho más su estilista silueta y jugar aún más con los desplantes. Domina muy bien los contratiempos y, sabe y manda, en su propio territorio.
Se presentó haciendo un guiño a su tierra con unos cantes del Piyayo (insisto una vez más: no son tangos del Piyayo), donde le acompañó Irene “La Sentío”. Tras una ronda de tonás, magistralmente interpretada por “El Pechuguita”, Antonio “El Canito” e Ismael de la Rosa “El Bola, nos regaló unos martinetes donde, su zapateado, una vez más, tomó un protagonismo difícilmente superable.
Con un giro de 180%, en cuanto a la escenificación se refiere, los de atrás, los cantaores ya citados y el guitarrista Francisco Vinuesa (qué bien toca este hombre para baile), volvieron a los cantes de la tierra con una malagueña de Chacón rematada por distintos estilos de abandolaos.
Irene, “La Sentío”, bailó unas cantiñas en solitario. No me defraudó esta mujer, todo lo contrario. Expresa muy bien el baile y no desentona manejando el mantón y la bata de cola.
Antes de despedirse de su público (entregado de principio a fin), asistimos a una ronda de fandangos, a capela, de los tres cantaores. Una sobria y elegante soleá levantó al respetable de sus asientos; y no era para menos: fue, para mi gusto, el mejor y más serio baile de la noche.
Sergio Aranda puede, y debe, sentirse orgulloso de “ENJUNDIA”. Y no porque haya vuelto a sus orígenes, que también, sino porque demostró, amén de ser un gran bailaor a la antigua usanza, tener un gran sentido de la puesta en escena: qué poco necesitó para llenar el escenario.
Resumiendo. Una vez más, los artistas malagueños, en esta ocasión del baile, están triunfando en su tierra; poniendo de manifiesto que nos desmerecen, en absoluto, los no menos grandes foráneos. Para el entender de este crítico, esta IV Bienal de Arte Flamenco de Málaga, ha sido un acierto dedicarla al baile y, con ella, conocer aún más, si cabe, a los bailaores/as de Málaga. Aunque, y ni que decir tiene, no están todos los que son.
Sí quiero hacer un llamamiento a la afición malacitana: hay que dar mejor respuesta a los artistas. Me estoy refiriendo, lógicamente, a los artistas locales. Se están perdiendo eventos difícilmente repetibles, tanto por el costo de la composición como la presentación en marcos apropiados. ¡Málaga despierta!.