DE LA “CAJONERA DE LOS CANTES”, DE ISABEL GUERRERO, BROTARON EMOCIONES MUSICALES.

Escrito por José Ramón Zapata el .



Quién no ha tenido  y/o tiene una cajonera, cuyos recuerdos siguen vigente en nuestro caminar diario. Se dice, que tu niñez marca el rumbo de tu vida; esto es totalmente cierto, al menos para la protagonista de “La Cajonera de Los Cantes”
En todo recuerdo hay una tristeza: cuando se trata de tus seres queridos, cuando añoras los tiempos de tu inocencia, cuando no puedes parar el tiempo y volver a caminar hacia atrás. Cuando todo eso ocurre, sólo te queda una vía de escape: desnudar tú alma para con los demás.
Eso fue, precisamente, lo que hizo Isabel Guerrero en la Casa de La Cultura de Villanueva del Rosario; compartir con los allí presentes su mayor tesoro, guardado en aquella “cajonera” que presidía el escenario.
Qué puede decir este crítico de flamenco sobre la actuación de un artista que, como la fuengiroleña, se entregó desde el minuto cero en cuerpo y alma sin importarle el resultado final de su trabajo musical. Hubo momento en que era tal la emoción que fluía por sus arterias principales, que antepuso, sin proponérselo, su perfecta afinación y dulce modulación, a los brotes emocionales que borbotaban de sus cuerdas vocales. Por eso, y por muchas otras cosas mas, que no vienen al caso, quien esto firma se quedó con la pasión, coraje, entrega, etc., que derrochó Isabel Guerrero; porque cuando un artista se desnuda emocionalmente, y comparte con el respetable, lo mas querido y añorado que guarda en su “Cajonera”, es obvio que terminas formando parte de ella y participas aflorando esas gotas que suelen brotar de tus ojos; porque, estimados lectores, no fue un recital cualquiera, sino la conmemoración de un tiempo pasado, marcado por una niñez musical y flamenca guardada con celo,  hasta ser descubierta por sus progenitores.
El elenco de artistas que hicieron posible ese mestizaje apasionado entre público y virtuosos que acompañaban a Isabel, incluida ésta, fueron: Andrés Cansino, a la guitarra; Antonio Bravo, al piano; Matías Castro, al violín; Tomás Castro, al violonchelo, y Rojas y Blanquito, en los jaleos y coros.
Pero, nos falta nombrar al culpable de la borrachera ardorosa que vivimos esa tarde-noche, Barquerito de Fuengirola, su padre. No se quiso perder la niñez de su hija Isabel contada y cantada, desde su palco de lujo como juez y parte que fue, y es, de esas vivencias que alberga la “Cajonera de los cantes”.
Poco mas que añadir. Bueno sí, no guardó ninguna relación entre la calidad del espectáculo y la respuesta de la afición: una vez mas, la participación dejó mucho que desear. No obstante, lo diré alto y claro: ¡ellos se lo perdieron!
 

 José Ramón Zacha”