Luis
Caballero…todo un hombre
MANUEL
MARTÍN MARTÍN
El sentimiento de nuestra modernidad lo marca una
lista de artistas e intelectuales que, por prolija,
es larga y cubre varias generaciones, lo que permanentemente
nos obliga a los estudiosos a echar un vistazo hacia
atrás pero sin dejar de encarar la línea
siempre fina que separa a los testaferro de los que
verdaderamente contribuyeron a la dignificación
de esta música culta que abandonó el
cuarto por el respeto de grandes públicos.
En ese cuadro de honor incluimos a Luis Caballero,
que, sin ser un divo de la historia del flamenco,
cuenta con el respeto y la admiración de los
flamencos históricos, lo que explica que, junto
a Antonio Mairena y muy pocos más, muchos lo
tengamos como el heraldo de un tiempo nuevo que no
puede quedar en el olvido.
Luis murió ayer jueves y lo hemos despedido
en la tanatorio de Coria del Río. No es una
muerte más, sino un referente menos, ya que
Luis no sólo no fue ajeno al movimiento que
se avecinaba en el ecuador del pasado siglo, sino
que fue uno de sus mayores impulsores, bien emprendiendo
actuaciones que tuvieron una repercusión intelectual
y social impagable y dando ejemplo de una vocación
irrestañable por la causa jonda, o bien desgranando
su pensamiento de ciudadano libre a través
del cante o la escritura en un tiempo que, a qué
engañarnos, estuvo devorado por el estrecho
espíritu utilitario que negaba lo mejor del
ser andaluz.
Este es Luis Caballero Polo, natural de Aznalcóllar,
donde nació en una casita del Cerro del Viento
el 27 de febrero de 1919, y de donde partió
para, con apenas un año de edad, vivir en un
cortijo de Paterna del Campo, en el que el padre,
político y militante activo de izquierdas,
desempeñaría tareas administradoras.
En 1933 volvió a Aznalcóllar donde el
padre, buen cantaor por los estilos de levantinos
y de Chacón, fundó el Ateneo Popular.
Eran tiempos en que Luis imitaba a Carlos Gardel por
tangos, hasta que, llegada la guerra civil, fue condenado
a muerte junto a su padre y hermano en marzo de 1937.
Después sería trasladado a la cárcel
provincial de Sevilla, a la del Puerto de Santa María
y otras, hasta regresar en febrero de 1941 a Aznalcóllar,
salvando la hambruna a través del cante y por
entre la maraña de un nuevo ciclo itinerante
que le llevaría por Alcalá de Guadaíra,
Écija, el Campo de Gibraltar y Lora del Río,
donde debutó como cantaor de flamenco.
Y así hasta 1945, en que finaliza esta odisea
y se instala en Sevilla, en casa de su hermana Carmen,
con lo que va a tener su primer contacto con el flamenco
profesional a tra¬vés de su cuñado,
Pepe Aznalcóllar. Pero en 1949 tuvo la suerte
de entrar a trabajar en el Hotel Alfonso XIII, donde,
a más de ejercer de correturnos de la bodega
y de mayordomo o ayuda de cámara de habitaciones,
conoció al amor de su vida, Encarna, su mujer.
Empero, su gran oportunidad artística le llegaría
en 1950, cuando obtiene un primer premio en un concurso
de Radio Sevilla. Curiosamente en mayo de ese mismo
año Rafael Belmonte iniciaría un programa
en Radio Nacional bajo el título “Cantares
de Andalucía”, emisión a la que
en 1951 se suma Luis Caballero para ilustrar los cantes
en un programa que se mantendría en antena
hasta 1960 en que nace, de la mano de Manuel Barrios,
la siempre recordada Tertulia Flamenca de Radio Sevilla.
La inclu¬sión de Luis en esta tertulia
de los jueves, es fundamental a la hora de marcar
su vida cantaora, pues en tanto que Antonio Mairena
simbolizaba en ella la estética del cante gitano-andaluz,
a Luis le corresponde la represen¬tación
del cante flamenco no gitano, injusta etiqueta ya
que el tiempo se encargaría de definirlo como
un cantaor y analista que salvaguardaba no el cante
de uno u otro signo, sino todo el cante.
A esta luz, Luis es esa fuerza afirmativa y confiada
en la bondad de una causa, la que le lleva a destacar
como conferenciante, escritor y analista, hasta recibir
el reconocimiento de los foros más diversos,
honores que no son más que una justa correspondencia
a una obra discográfica que, como fruto de
aquella Tertulia Flamenca de Radio Sevilla en el recuerdo,
arranca con la ‘Misa Flamenca en Sevilla’
(1968), por más que con anterioridad ya hubiese
entregado atractivas y muy necesarias contribuciones
como las del ‘Archivo del cante flamenco’
(1968), o la del ‘Festival de Cante Jondo Antonio
Mairena’ (1967).
A partir de ahí, Luis es reclamado para grabar
dos L.P. en Movieplay, ambos con la guitarra de Melchor
de Marchena y Enrique de Melchor, a los que hemos
de sumar dos singles (EP) de saetas, y ya en 1972
el single ‘Padre Nuestro’, año
en que también participa en la serie ‘Rito
y Geografía del Can¬te’ para la TVE.
Pero más allá de su obra cantada, los
aportes de Luis abarcan, igualmente, las líneas
maestras de la palabra y la escritura, esto es, la
realidad inabarcable de un andaluz reflexivo que lo
mismo invita al libre pensamiento desde los medios
de comunicación (El Correo de Andalucía
o Radio Aljarafe), que ofrece testimonios hondos y
armoniosos, como su cante, en las revistas especializadas
‘Sevilla Flamenca’, ‘Candil’
o ‘El Olivo’, abstracciones que se acentuaron
en libros como ‘¿Somos o no somos andaluces?’
(1973); la autobiografía ‘Luis Caballero
visto por Luis Caballero (‘Por entre la paz,
la guerra y el cante’) (Rodríguez Castillejo,
1992), y las ‘Historias de flamencos, Flamencos
de historias... Y Sevilla, entre otras divagaciones
flamencas’ (Ediciones Giralda, 1999).
Este fue, a grandes rasgos, Luis Caballero, nieto
de Frasco el de Estepa -el primo del famoso bandolero
Juan Caballero-, e hijo de Vidal Caballero Ojeda y
de Carmen Polo Sánchez. El niño que
aprendió a escuchar para formarse y nunca para
descalificar. El joven que salvó la vida gracias
al cante. El analista que llegó a sentenciar
que en el flamenco no hay mediocres porque todos nos
creemos figuras, aunque no figuremos. El artista que
en el R-12 que utilizaba para sus desplazamientos,
lo mismo se escuchaba a Warner que a Antonio Mairena,
y el hombre que encontró en la santa de Encarna,
su mujer; en su hija, Eva, y en sus nietos, Paloma
y Pablo, todo lo que la guerra le había arrebatado.
En definitiva, como escribió Manuel Barrios
apelando a Unamuno, ayer, el día de su despedida,
rendimos un homenaje a Luis Caballero, “nada
menos que todo un hombre”.
Luis Caballero nació en Aznacóllar (Sevilla)
el 27 de febrero de 1919 y murió en Mairena
del Aljarafe (Sevilla) el 24 de junio de 2010
Publicado
en diario El Mundo el sábado día 26-07-2010
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