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LA
VOZ REVELACION DE 2009
Kiko
Peña, el rayo que penetra en la penumbra
Francisco Javier Peña García de Soria,
conocido en el mundo artístico como Kiko Peña,
se nos antoja la voz revelación de 2009, el
poseedor de una expresión que se complace en
abrir todos los caminos posibles, pero también
cerrarlos con hondura, precisamente en un tiempo en
que nuestros jóvenes creen que estaban terminados
de recorrer. Y me explico.
Kiko Peña fue artista y flamenco antes de nacer
en Écija (Sevilla) el 12 de septiembre de 1995,
ya que es el primogénito del matrimonio formado
por Paco Peña, matador de toros y cantaor no
profesional, y de Esperanza León, una de las
voces integrantes del trío Son de Sol, que
lo gestó en su vientre al son que por aquellas
calendas marcaba el grupo Medina Alcotón.
Nuestro joven valor es, pues, la frondosa rama de
un árbol que ahínca sus raíces
en la familia de los Barceló -Chico Barceló
ganó un Concurso de Cante Jondo al propio Niño
de Mairena-; se fortalece en la actitud magisterial
de su abuela materna, la cantaora Teresa Gómez
Léon; se mira en la constancia de su abuelo
Jesús, aficionado en el recuerdo, y se nutre
desde la cuna al compás que marcan sus padres
y sus tías, María del Mar, Lola y Soledad.

Kiko,
junto a Miguel Poveda, en el homenaje a Curro Malena
en la Peña Flamenca de Parada (Sevilla)
Ahí arranca el mosaico colectivo de Kiko, una
voz que, pese a su corta edad, encierra un crisol
de experiencias a retener, una encrucijada de tendencias
capaz de las máximas intensidades y también
de resoluciones imprevisibles.
Cuando aún no levantaba un palmo del suelo
ya conocía los secretos del ritmo, desnudaba
el alma al diapasón de la guitarra y lo mismo
le hablaba de tú a la ‘pataíta’
por bulerías que gozaba con cuantos melismas
planeaban en su garganta.
Con estos antecedentes, no es de extrañar,
pues, que sorprendiera a propios y extraños
el día de su debut en la Peña Flamenca
David Serrano de su localidad natal. Había
sido convocado para la fase selectiva del X Concurso
de Jóvenes de la Federación de Entidades
Flamencas de Sevilla y su provincia, y sus conciudadanos
pusieron el cartel de no hay billetes en el local
social de la calle Carmen.
Aquel 6 de marzo de 2009 Kiko, acompañado por
su guitarrista habitual, Antonio García, atrapó
a todos por seguiriyas, cantiñas y taranto,
con lo que fue clasificado para la semifinal del día
13, en la Peña de Tomares, donde siguió
ganando adeptos merced a nuevos cantes, en concreto
tonás, fandangos y bulerías.
Fue esta media docena de cantes la que se expandió
como la pólvora por los mentideros flamencos
despertando el interés inusual de aficionados
y programadores, al punto que triunfa el 7 de abril
en el Festival de Marinaleda y diez días después
es reconocido en Jerez de la Frontera, amén
de ser convocado en la canícula de 2009 para
el XXII Festival de la Campiña, la XXI Noche
Flamenca Pedro el de la Timotea, el X Festival Flamenco
Joven de Andalucía y la clausura de los XXIII
Jueves Flamencos de Cádiz, donde compartirá
escenario con Miguel Poveda, maestro de este tiempo
que va a producir la primera grabación de Kiko
Peña y al que ha reclamado como telonero en
los conciertos de Alcorcón y Badalona, entre
otros.

Kiko
acompañando a Miguel Poveda en el homenaje
a Curro Malena en la Peña Flamenca de Parada
(Sevilla)
Pero más allá de estas consideraciones,
lo que nos llama poderosamente la atención
es que el cantaor tiene claro que lo más importante
ahora son sus estudios de ESO. El cante flamenco -reconoce
Kiko-, le ha venido por vía natural, esto es,
porque es un elemento más del hogar familiar,
por más que sorprenda que a tan corta edad
ya asocie las obras de los grandes maestros o que
el flamenco, aparte de música, sea para él
un serio compromiso con su identidad andaluza y un
componente más de su formación personal.
Su lenguaje expresivo es, no obstante, profundo, comprometedor
y clarificador a un tiempo, como un rayo que penetra
entre la penumbra que aún no es tiniebla, y,
aunque en fase de formación, su estilo, tan
implacable como apasionado y cálido, se disuelve
en el vértigo de una desesperada búsqueda
de la verdad vital. Su ejecución, sin afectaciones
ni añadidos incoherentes, evoluciona desde
la exploración de la belleza y el placer hacia
la verdad interior de los estilos, lo que sitúa
al espectador ante una interpretación meditativa
y honda, cargada de ideas. Y cuando suspendemos nuestra
memoria y recordamos cómo confiesa su realidad
interior tras las letras seleccionadas -coplas en
las que se interpenetran lo patético, lo invisible
y lo inevitable, la alegría y la tristeza,
el amor y el desamor, el afán de perfección
y la necesidad de lo imperfecto-, hasta nos convence
de por qué lo útil hay que unirlo por
momentos a lo hermoso para crear arte.
No sé si llegará a ser figura, cosa
que a él le importa bastante menos, pero si
a lo que antecede se añade que su valía
es la búsqueda de lo excepcional, Kiko Peña
es, para gloria de lo jondo, la constatación
de que la tradición y el flamenco vivo no tienen
por qué estar separados, y mucho menos para
quienes han sido fuertemente marcados por las experiencias
del flamenco de uso, del intimista y reservado al
ámbito natural.
MANUEL
MARTÍN MARTÍN
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OBITUARIO
TRINI ESPAÑA
La
bailaora sevillana con más olvidos a cuesta
MANUEL
MARTÍN MARTÍN
En la madrugada de ayer falleció en el sevillano
Hospital de la Macarena una de las más grandes
bailaoras de todos los tiempos, Trini España,
la sevillana con más olvidos a cuesta de su
generación y la artista que, junto a Manuela
Vargas, Matilde, Cristina Hoyos, Milagros Mengíbar,
Ana María Bueno y muy pocas más, construyeron
desde los tablaos la historia contemporánea
de la mujer en el género flamenco.
La esperada noticia -Trini se encontraba en un geriátrico
recluida tras los barrotes del silencio-, la dio ayer
tarde Matilde Coral, su adversaria artística
pero, paradójicamente, su primera y más
apasionada admiradora. Una y otra eran complementarias,
pues si la trianera encarnaba la elegancia, la España
simbolizaba la fuerza, con lo que ambas disponían
del ideal del hecho dancístico.
Bautizada como Trinidad Pérez Blanco, nació
en la calle Relator del popular barrio de la Macarena
el año 1937, recibiendo el apodo artístico
de Trini España por herencia familiar, ya que
era bisnieta del bailaor Paco España e hija
del guitarrista Pepe España, nada en comparación
con su tío Paco, que fue discípulo de
Esteban de Sanlúcar.
Virilidad no exenta de galanura e ímpetu y
mucho temperamento, fueron los rasgos que la delataban
desde sus inicios en la academia de Enrique el Cojo
hasta debutar en 1950 en el elenco de Juanita Reina,
pasando al año siguiente a la parrilla del
Hotel Cristina, cobrando por ello ocho duros y un
bocadillo, y conquistando el enorme mérito
de ser quien impusiera en Sevilla el baile por seguiriyas,
forma flamenca en la que, junto a la soleá,
alcanzó un nivel difícil de igualar.
Una vez conseguido el carné profesional, figuró
-según confesó cuando la entrevistamos
en 1993- por espacio de tres años en el cuadro
del Tablao El Guajiro, donde alternaba el clásico
español con el flamenco, hasta que fue contratada
por Antonio Márquez para el elenco de doña
Concha Piquer, en cuya compañía actuó
de pareja con el inolvidable Alejandro Vega, de quien
recogería algunos influjos de Pilar López.
El éxito obtenido le permitió a Trini
España presentarse en el madrileño Circo
Price a los 17 años de edad, donde volvería
a principio de los sesenta para encaramarse en la
más alta cima del baile e inaugurar tablaos
como los de Torres Bermeja, Los Canasteros y El Duende,
al tiempo que inauguraba en Sevilla Los Gallos.
Consolidada, a la sazón, como figura indiscutible,
conseguiría de la Cátedra de Flamencología
de Jerez el Premio Nacional de baile Flamenco, aparte
de lograr el Trofeo La Malena, en el V Festival de
Cante Jondo Antonio Mairena, de Mairena del Alcor
y en seria disputa con Matilde Coral, de la que llegó
a confesar: “Ante ella sentía el miedo
que infunde la responsabilidad, el respeto que conlleva
la profesionalidad y el cariño de una buena
compañera”.
Desde entonces fue solicitada para actuar en los más
importantes festivales flamencos de Andalucía,
por más que fijara su residencia en Madrid,
donde contraería matrimonio en 1982 con Diego,
enamorado perdidamente de la Semana santa sevillana
y exportador de pescados.
A finales de 1992, Trini decidió regresar a
Sevilla, donde impartió enseñanzas en
la academia que regentaba en su barrio de la Macarena,
magisterio y destreza que incardinó tanto en
sus coetáneas como en las generaciones subsiguientes.
Finalizando los noventa, cayó en el más
absoluto olvido. Desde las páginas de EL MUNDO
solicitamos en un sin fin de ocasiones se le reconocieran
sus méritos, pero todas nuestras peticiones
cayeron en terreno yermo.
En cualquier caso, que quede al menos en la memoria
colectiva que la maestra que hoy se despide a las
nueve y cuarto de la mañana desde el Tanatorio
de San Jerónimo, para a continuación
ser incinerada, fue autodidacta, ya que en su trayectoria
sólo podemos encontrar vagos influjos, como
que encontró su musa en Carmen Amaya o que
recreó algunas variaciones de Farruco, Marienma
y Pilar López.
Su discurso dancístico, con todo, fue fruto
de una lucha entre la libre inspiración y la
intuición más deslumbrante, donde el
aprovechamiento máximo del zapateado -ahí
no tuvo rival- y la improvisación y sobriedad
de sus movimientos, fueron los rasgos que la distinguieron
de sus coetáneos. ¡Y qué rasgos!
Trini España nació en Sevilla el año
1937 y murió en su tierra natal el 10 de julio
de 2009.
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El
Lebrijano recibe hoy el nombramiento de Hijo Predilecto
MANUEL
MARTÍN MARTÍN / SEVILLA
Lebrija concede hoy el título de Hijo Predilecto
a uno de sus conciudadanos de mayor relevancia internacional,
Juan Peña Fernández, ‘El Lebrijano’,
artista de honda sensibilidad y una voz que, como
Pastora, Manuel Torre, Mairena o Caracol, ha aportado
al cante gitano creación, imaginación
y originalidad.
El expediente de este nombramiento fue impulsado por
otros colectivos e iniciado por el Ayuntamiento que
preside María José Fernández
Muñoz, con lo que el maestro será investido
a las 20,30 horas de hoy en la sesión plenaria
del Consistorio.
Para algunos, este acto institucional llega tarde
dado que en este tiempo no hay un solo lebrijano que
tenga en su haber mayores reconocimientos que Juan
Peña, que, aparte de ampliar la imaginación
musical del género, cuenta con premios como
la Medalla de Andalucía (1986) o la Medalla
de Oro al Mérito en el Trabajo (1996).
En cualquier caso, este reconocimiento lo recibe El
Lebrijano cuando ya todos reconocen que ha sido el
guardián de los sones de su tierra, a más
del barniz especial que ha dado a las cantes más
tradicionales, de ahí que haya entregado su
vida a la búsqueda de la esencia del flamenco
de siempre, esto es, la verdad del cante, no la posesión
de ella.
Lebrija se siente, pues, orgullosa porque rinde justicia
a un maestro que cumple ahora medio siglo con el cante
y que, tenido como el mayor heredero moderno del gran
legado gitano andaluz, su treintena de grabaciones
lo erigen en el adelantado del vanguardismo más
sustancial, tanto por su dilatada aportación
al flamenco como por su contribución a la conservación
de la tradición flamenca y por ser un estandarte
de su evolución.
Si bien los actos arrancaron el día 17 con
los alumnos de la Escuela Municipal de Música
y Danza, los días 22 y 23 habrá dos
mesas redondas con Pedro María Peña
y Faiçal, además de los cantes de El
Chimenea y Eva Ruiz.
Por último, la Plaza de Hospitalillo acogerá
el día 24 a Diego Carrasco y Miguel Poveda,
y el 25 la XLIV Caracolá con El Lebrijano,
Curro Malena, la debutante Fernanda Carrasco y Enrique
Morente, con un currículo manchado por farsante
y llamar racista a quien elogia a los artistas gitanos
y que, pese a no recoger la Giraldilla el pasado mes
de abril, ha sido solicitado por la propia peña
local para constatar que es el más beneficiado
del dinero público, pues cobra 24.000 euros
en una ciudad donde, como dicen sus gitanos, el paro
es la ruina.
PUBLICADO
EN EL DIARIO "EL MUNDO"
(21
de julio de 2009)
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Archivan
la querella de Barón contra el crítico
de ELMUNDO
El bailaor debe soportar también las críticas
que «ofenden o hieren»
SILVIA MORENO / Sevilla
La Audiencia de Sevilla ha archivado de forma definitiva
la querella interpuesta por el bailaor y coreógrafo
de Sevilla Javier Barón contra el crítico
de flamenco de EL MUNDO Manuel Martín Martín
y este diario, como responsable civil subsidiario.
Javier
Barón, Premio Nacional de Danza y uno de los
«mejores bailaores de nuestro tiempo»,
según Martín Martín, se querelló
contra este diario al ver atacado su honor por una
«dura» crítica publicada el 23
de septiembre de 2007 titulada "Los trampantojos
se divierten» sobre el espectáculo El
gitanito esquizofrénico"
Ésta
fue la "única crítica mala"
que recibió Barón de Martín Martín.
"Un artista que se considera heredero de los
grandes maestros no puede presentar la payasada que
hizo. Tan sólo hizo dos insinuaciones de baile.
No era él", dijo ayer el crítico
de EL MUNDO, un veterano experto, que lleva 32 años
dedicado al flamenco.
En
un auto fechado el pasado 28 de julio, los magistrados
de la Sección Tercera de la Audiencia de Sevilla
llegan a la conclusión de que las expresiones
vertidas por Martín Martín "no
suponen más que una crítica periodística"
por la actuación de Barón en el espectáculo
El gitanito esquizofrénico. "No advertimos
indicios de delito; quizá las expresiones utilizadas
no resulten convenientes o adecuadas, tampoco acuñan
precisamente florilegios, ahora bien, no por ello
debemos considerarlas delictivas y suficientes para
continuar el curso de una investigación criminal",
señala el auto judicial. Tampoco "advertimos
intención difamatoria, tan sólo crítica
dura en lenguaje para entendidos", si se analizan
las "variables de tiempo (se produce tras el
estreno de un espectáculo flamenco), lugar
(sección de cultura del periódico EL
MUNDO) y condición de la persona del emisor
(crítico flamenco) y receptores (lectores diversos
y genéricos aficionados al flamenco) en que
fueron emitidas".
En
los razonamientos jurídicos, la Sección
Tercera recuerda que la libertad de expresión
e información, "cuando se mueven en el
ámbito de lo público, ocupan una posición
prevalente entre todos los derechos y libertades de
la persona y, entre ellos, respecto del derecho al
honor, pues contribuyen de una forma decisiva a la
libre formación de la opinión pública".
La libertad de expresión "contiene en
sí el derecho a utilizar expresiones no sólo
y siempre favorables, amistosas, educadas o dulces,
sino a críticas y expresiones ácidas
y duras, ya que los términos groseros o malsonantes
no tienen porqué entrar necesariamente en el
terreno de lo penal, si guardan la debida proporcionalidad",
advierten los magistrados al artista.
De
hecho, la libertad de expresión ampara, "no
sólo a las informaciones o ideas favorables,
inocuas o indiferentes, sino también a las
que ofenden, hieren o molestan" porque así
lo "exigen el pluralismo, la tolerancia y la
mentalidad amplia, sin los cuales no hay sociedad
democrática".
Martín
Martín remató la crítica que
motivó la querella de Barón con el siguiente
párrafo referido al bailaor: "Un plebeyo
subido al carro de los milloneuristas, esos que con
una mano se ponen de manteca hasta donde acaba la
espalda y con la otra sacan brillo a la partitura
del Cara al sol... ¡Qué pena me das,
chico! Has llevado el flamenco a su mínima
expresión, lo has cargado de simplezas y en
lugar de hacer del arte un símbolo de rebeldía,
has simbolizado con el baile la degeneración
de tu alma. ¡Que te vaya bonito!".
(publicado
en el Diario El Mundo el viernes día 31 de
julio de 2009)
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Flamencos
de Sevilla, Jerez y Cádiz integran ‘La
verdad del cante’
MANUEL
MARTÍN MARTÍN / CÁDIZ
Aunque el título es hartamente pretencioso
y hasta puede llegar a irritar a otros núcleos
flamencos, lo cierto es que esta noche se pone en
escena ‘La verdad del cante’, el esperado
concierto que gira en torno a aquellas formas que
dan veracidad al eje que va de Sevilla a Cádiz
pero pasando, obviamente, por Jerez.
La cita es en el Baluarte de la Candelaria de la capital
gaditana, en la Alameda Apodaca, y se incluye en la
programación de los Jueves Flamencos, evento
que en esta edición rinden honores al desaparecido
maestro Chano Lobato, que como tantos otros bebió
precisamente en las fuentes caudalosas de esos territorios.
Siguiendo la ruta que se atisba desde la Giralda hispalense,
la representación sevillana la encabeza toda
una sorpresa para los nuevos aficionados, Diego Camacho,
más conocido por El Boquerón, y cantaor
nacido en Triana el año 1945 que debutó
en el tablao El Guajiro allá por 1960, pero
que no se dio a conocer hasta que en 1983 dejó
a todos atónitos cantando por seguiriyas en
el Concurso Nacional de Córdoba, lo que le
valió para hacer imprescindible en las compañías
de Manuela Carrasco, Angelita Vargas o Inmaculada
Aguilar.
Completa el elenco sevillano María del Mar
Berlanga (Sevilla, 1968), bailaora discípula
de José Galván que despertó para
la afición en 1981 ganando el concurso televisivo
Gente Joven, para en 1989 conseguir el Premio Rosario
la Mejorana en el XII Concurso Nacional de Córdoba,
y estrenar ya en 1998 su espectáculo ‘Andalucía
baila’ en los previos a la X Bienal de Sevilla.
Por su parte, la embajada jerezana la capitanea Nano
de Jerez, del barrio de San Miguel y que representa
una seria inversión por la autenticidad que
predicaron Tío Borrico, Terremoto, Sernita
y Antonio Mairena, por lo que es una voz experta en
el conocimiento de aquellos estilos que, reflejados
con pasión, densidad y extraordinario relieve
expresivo, utiliza para defenderse de los enemigos
que pretenden enterrar su valía.
La delegación gaditana, por último,
la conforman Emilio Florido, joven cantaor que está
haciendo una interesante carrera desde el atrás,
y Juan Villar, el maestro del barrio de La Viña
y hoy, a sus 61 años, símbolo mayor
de la Cádiz cantaora.
Para quienes anteceden serán las guitarras
del jerezano Niño Jero; Pascual de Lorca, murciano
afincado en la tierra de Javier Molina, y el sevillano
Eugenio Iglesias, con lo que se garantiza la escolta
musical.
(publicado
el día 5 de agosto de 2009 en el diario El
Mundo)
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Manolo
Caracol: Un genio en la Alameda
MANUEL
MARTÍN MARTÍN
Hay tres rasgos que sustentan la universalidad del
flamenco y que subyacen tanto en el elemento apolíneo
del entretenimiento como en la satisfacción
que éste nos produce, tal que la función
que cumple a lo largo de la historia, el modo con
que lo utilizamos para vencer las cargas de la vida
cotidiana y el uso que de él se hace para fusionar
al individuo con el todo.
Entremos, pues, en estos razonamientos. Por un lado,
la función del arte no puede resumirse con
una sola fórmula ni mucho menos extrapolarla
a través del tiempo, ya que satisface múltiples
y variadas necesidades y su destino es tan cambiante
como la propia sociedad que lo consume.
Tendemos, de otra parte, con excesiva facilidad, a
considerar como algo natural por inexplicable un fenómeno
sorprendente y no reparamos en el modo con que el
aficionado reacciona ante la "irrealidad"
-la genialidad imperfecta del cante-, como si se tratase
de una intensificación de la realidad.
Por último, el deseo del hombre de expansionarse,
de completar su ser, indica que es algo más
que un individuo. En tal sentido, sabe que sólo
puede alcanzar la plenitud, la totalidad, si toma
posesión de aquellas experiencias de los demás
que puedan ser potencialmente suyas.
Pues bien, estas peculiaridades se identifican plenamente
con la figura y obra de Manolo Caracol, el sevillano
de la calle Lumbreras que nos enseñó
la forma de absorber la realidad pero que también
incardinó en nosotros la excitación
que nos produce el no controlarla, esto es, situarnos
ante la contemplación de la realidad indominada.

Monumento
en la Alameda (Sevilla)
A estas reflexiones llegábamos el 16 de mayo
de 1991, cuando su monumento en bronce, esculpido
por Sebastián Santos y fundido en los talleres
que Marcelo el del Bronce tiene en Valencina, era
colocado en la mítica Alameda de Hércules
sevillana, al par que recordaba con los dos caracoleros
mayores del Reino aquella sentencia de que "el
cante hay que hacerlo caricia jonda, pellizco chico".
Fue entonces que en un bar de aquella Alameda que
supo de los Torre, los Pavones, La Macarrona, La Malena
y los Ortega, teorizábamos acerca del complejo
anarquismo de un manantial de triste alegría
que, a poco que nos acerquemos a su obra, ha resultado
ser más provechoso que pernicioso.
Huelga decir que hablábamos en voz alta con
el querido compañero y amigo en el recuerdo
José Antonio Blázquez, caracolero hasta
las trancas y sin duda alguna una de las plumas más
hermosas de la historia de la crítica flamenca,
y la maestra de baile Ana María Bueno.
Manolo Caracol, les decía, fue un artista tan
colosal e intransferible que, por dominar como nadie
la doma de la escena, nunca fue vencido por la bestia
del cante. Tal aserto fue una sorpresa para sus oídos
y los de José Luis Montoya, otro caracolero
ejemplar allí presente. Anótese para
el lego que ellos, como algunos aún hoy día,
pensaban que quien les hablaba era "un mero mairenista
de cabeza cuadrada". Craso error, porque en la
susodicha "cuadratura" están almacenadas
y analizadas las obras de Caracol, Pastora, Vallejo,
Tomás, Manuel Torre, Marchena y tantos otros.
Ah, y la de Antonio Mairena por supuesto.
Aquel sevillano gaditanizado que esquivó la
lección de los clásicos y que, confundiéndolos
y desordenándolos cuantas veces le dio la gana
y quiso, optó por ser el mismo y por revestirlo
todo con lo más abrupto de su queja, por fin
estaba en la Alameda que lo vio nacer, para que todos
reflexionáramos sobre su hiriente sinceridad
-"hago el cante gitano tan difícil que
algunos ni me comprenden"- y comprendiéramos
que el entusiasmo de sus seguidores no era infundado.
Y así ocurrió. El encuentro de Sevilla
con este Caracol perpetuado para siempre en bronce,
fue de los más justos y conmovedores que se
hayan producido entre el artista y sus corifeos, ora
porque la libertad de que gozaba fue como un bálsamo
para su dificultosa personalidad, ora por la vanidad
de un personaje que los apresó por sus versiones
inspiradas, poderosas, libres y apasionadas. Y me
explico.
Por un lado, estaba el tesón y la generosidad
de la presidenta de la comisión pro-monumento,
Ana María Bueno, que nunca regateó esfuerzos
impagados ni elogios para aquel a quien llegaron a
llamar "el más grande que dieron los siglos".
Por otro, el resarcimiento de aquella mayoría
plañidera que hizo mutis por el foro cuando
llegaron los difíciles momentos en que perdieron
al artista, el 24 de febrero de 1973, cuando "un
vendaval maldito", como decía Blázquez,
lo despidió de una curva para proyectarse contra
un poste de teléfono.
Era sábado. Caracol había salido de
‘Villa Abuela Luisa’, su chalet madrileño
de Casa Quemada, en el kilómetro 15 de la carretera
de La Coruña, camino de Los Canasteros. Iba
en su Mercedes conducido por el chofer, Isidro González,
cuando en el Km. 9,700 del Puente de los Franceses,
en la proximidades de Aravaca, se despidió
de este mundo la rama más frondosa del árbol
flamenco.
Y es que Manuel Ortega Juárez era tataranieto
del Planeta por línea materna y, al ser hijo
de Caracol el del Bulto, nieto de José el Águila
y de Rufina, la hija de Curro Durse, aparte de sobrino
de las bailaoras Carlota y Rita Ortega, y biznieto
de Enrique Ortega ‘El Gordo Viejo’. Vino
al mundo en el número 10 de la sevillana calle
Lumbreras, en el Corral de los Frailes, el 7 de julio
de 1909. Eran las tres de la tarde y ya recibió
del padre el apodo de Caracol, heredado de su padre
según el remoquete que le pusiera la Tía
Gabriela, madre de los Gallos, por tirarle de un pelotazo
una olla de caracoles.
Nacido para el cante de la mano de don Antonio Chacón,
compartió con El Tenazas de Morón el
primer premio del Concurso de Granada el 14 de junio
de 1922, participando con el viejo cantaor en numerosas
actuaciones con los ganadores, como la del Teatro
Reina Victoria, de Sevilla, y girando por el territorio
nacional con los maestros de entonces, tal que Chacón,
Manuel Torre, Centeno y El Gloria.
Es obvio señalar que su calidad cantaora le
lleva a cantar en los locales de la Alameda y en las
ventas, así como a ser el reclamo a partir
de 1924 de la aristocracia y de personajes como don
Miguel Primo de Rivera, el duque de Tetuán,
el conde los Andes, la duquesa de Osuna, etcétera,
además de figurar en los más importantes
elencos, tal que en 1925, donde aparece en el Salón
de Verano del Teatro Centro, de Madrid (hoy Teatro
Calderón), junto a Pastora Pavón, Pepe
Marchena y El Cojo de Málaga, o en 1929, donde
en Granada hizo lo propio con Manuel Torre.
El 30 de octubre de 1930 contrae matrimonio con la
jerezana Luisa Gómez Junquera, desposada en
la sevillana Parroquia de San Lorenzo Mártir
“ante el altar de Jesús del Gran Poder,
durando la celebración de la boda seis días
seguidos en Sevilla”, según confesó
el propio artista al Diario Pueblo, siendo apadrinados
por el torero Joaquín Cagancho y fruto del
cual nacieron sus hijos Enrique, Luisa, Lola y Manuela.

Manolo
Caracol con su hija Luisa Ortega
Curiosamente, estando Caracol de viaje de bodas en
Madrid, debuta en la discografía con siete
placas con el sello Odeón, que se encontraba
en la calle Cedaceros, en los altos del cabaret El
Lido. En estas grabaciones, secundadas por Manolo
de Badajoz, destacan seis cortes de fandangos -estilos
de Rebollo y El Carbonerillo-, dos seguiriyas y otras
tantas medias granaínas -estilos de Antonio
Chacón y Manuel Torre-, así como unas
bulerías por soleá y unas soleares,
cantes en los que se constata la calidad expresiva
de un artista sin cotejo, como bien evidencia con
la creación de un fandango basado en el de
su tío Enrique el Almendro, y, además,
en la séptima placa, en la que registra una
granaína y dos saetas (‘Desatadle las
muñecas’ y ‘Ahí delante
lo lleva’).
Tras triunfar en Cádiz, San Fernando y Sevilla,
hacia 1935 se instala en Madrid y el 18 de julio de
1936 le cogió la guerra civil actuando con
Pastora Pavón y Pepe Pinto en la plaza de toros
de Jaén, con lo que vuelve a la capital hasta
concluida la contienda, en que protagoniza con El
Sevillano, Juanito Valderrama y Pepe Pinto el espectáculo
‘Cuatro faraones’, para luego regresar
a Sevilla y presentarse en el Teatro Cervantes con
el espectáculo ‘Luces de España’,
con Pastora Imperio, Custodia Romero, Rafael Ortega
y Melchor de Marchena, un fracaso que contrastó
con el éxito que en 1941 obtuvo en la compañía
de Concha Piquer.
Desde entonces, Caracol, que siempre se jactó
de haber llevado el cante al teatro, consumó
el hecho cuando en 1943 se apoya en las propuestas
de Quintero, León y Quiroga creando junto a
Lola Flores los espectáculos ‘Zambra’.
El primero fue ‘Zambra 1944’, y así
hasta seis, en los que, sobre el paisaje musical de
la orquesta y la guitarra, el cante de Caracol y el
baile de Lola dibujaban estampas que, si bien fracasaron
en su debut en Valencia, provocarían hasta
finales de los cincuenta la apoteosis en todos los
teatros españoles.
Hay que señalar, a reglón seguido, que
estas estampas escenificadas -‘La niña
de fuego’, ‘La Salvaora’, ‘Pepa
Bandera’, etc.-, encontraron la inspiración
en la casa de Juan de Orduña, en la madrileña
calle Ventura de la Vega, donde el cineasta invitó
a Pastora Imperio y a Caracol, testigos de cómo
un pianista y un letrista presentaban una creación
titulada ‘Gitana blanca’ para Pastora,
idea que tomó para sí Manolo Caracol,
que encontró en Lola Flores a su mejor partenaire.

Manolo
Caracol y Lola Flores
Aunque en el terreno cinematógrafo Caracol
aparece en ‘Un caballero famoso’ (1942)
y ‘Jack el Negro’ (1950), de esta unión
surgirían igualmente películas como
‘Embrujo’ (1946), que tuvo una magnífica
acogida de la crítica, o ‘La niña
de la venta’ (1951), donde también participan
Caracol el del Bulto y el bailaor Rafael Ortega, además
de grandes triunfos, hasta la ruptura definitiva de
la pareja hacia 1951 a causa de la resistencia de
Caracol a marcharse a América.
Ello obligó a Caracol a buscar recambio sin
suerte en Pacita Tomás, a presentar en 1951
a su hija Luisa Ortega en el Teatro Calderón,
de Madrid, y a girar por América con Pilar
López, para luego formar compañía
con sus hijos en 1952, a los que presentó en
la capital del Reino a través del espectáculo
‘La copla nueva’, tras cuya estela siguieron
‘Color moreno’, ‘Arte español’
y ‘Torres de España’ hasta 1957,
marchando a América con la familia y su yerno
Arturo en 1958.
Manolo Caracol, heredero de una de las más
importantes dinastías flamencas, siempre fue
fiel al principio de que “el cante hay que hacerlo
caricia jonda, pellizco chico”, sentencia que
puso de manifiesto en ‘Una historia del cante
flamenco’, la antología de dos discos
que, dirigida por el profesor Manuel García
Matos y grabada en 1957 con motivo de sus bodas de
plata con el cante junto a Melchor de Marchena, salió
a la luz un año después. Paradójicamente,
medio siglo más tarde fue vejado por la voz
niña de Huelva en el Teatro Albéniz,
de Madrid, según confesó su hija Luisa
Ortega y su nieta Salomé Pavón, cuando
asistieron al espectáculo ‘Zambra 5.1’.
Sin perder la estela de este genio sevillano, Caracol
gira de nuevo con sus hijos por América durante
tres años, y en 1961 estrena con su hija, Luisa
Ortega, y su yerno, Arturo Pavón, el espectáculo
‘La copla ha vuelto’.
Tras el éxito alcanzado en 1962 con su familia
en el tablao Torres Bermeja, de don Felipe García,
Caracol inaugura en Madrid el 1 de marzo de 1963 el
Tablao Los Canasteros, local sito en la calle Barbieri
por el que desfilaron los más grandes de la
época, desde Trini España a Terremoto
de Jerez, pasando por Melchor, Paco Cepero, La Perla
de Cádiz o María Vargas.
A esta nueva faceta empresarial hay que añadir
la amplitud de miras del creador de un lenguaje expresivo
que vio recompensada su labor con la Medalla de Oro
de la III Semana de Estudios Flamencos de Málaga
(1965), el homenaje de la IX Fiesta de la Vendimia
de Jerez de la Frontera (1966), la Real Orden de Isabel
la Católica (1969), ‘Popular’ del
diario Pueblo (1970) y, entre otros, los homenajes
del Potaje Gitano de Utrera (1971 y 1973) o la VII
Fiesta de la Bulería (1973).

Potaje
gitano de Utrera de 1971 junto a las hermanas Fernanda
y Bernarda
La despedida de Caracol de los estudios discográficos
fue un año antes de su muerte, en 1972, en
que ve la luz ‘Mis Bodas de Oro con el cante’,
disco que alberga su último fandango y su última
zambra, en la que lloró por su mujer, Luisa,
recientemente fallecida, una obra que precede a aquella
frase sólo atribuida a artistas de su índole:
“Cuando yo me muera, ¡ozú que lío!”.
Hermoso lío, dado que en sus grabaciones, tanto
con Manolo de Badajoz (1930 en Odeón) como
con Niño Ricardo (En Columbia en 1942, 1944
y 1958, pero éstos editados por RCA en 1971
y 1972), Paco Aguilera (de 1945 a 1950 en La Voz de
su Amo), Melchor de Marchena (de 1950 en Regal y de
1953 a 1972 en Columbia), Moraito de Jerez (1951 y
1952 en Columbia), o Juan Habichuela (1962), se constata
lo que era uno de los más grandes artista en
el escenario, y se intuye que tuvo que ser una fiera
en un cuarto.
Y es que más allá de la zambra, a la
que le confirió la esencia de los sonidos negros,
Manolo Caracol fue la densidad expresiva mejor desordenada
de lo profundo, tal y como puso de manifiesto por
cantiñas (alegrías y mirabrás);
saetas; bulerías de cuño propio y con
sones evocadores a Cádiz, Jerez y Utrera, y
tientos de su cosecha y tangos de Frijones y Pastora
Pavón.
Pero también fue el carcelero de lo muy gitano,
como lo delata el mundo oscuro de los sonidos hecho
arte en la malagueña de El Mellizo o gaditana,
como así la llamó en 1944; sus seguiriyas
con preferencia de Los Puertos y Jerez; sus soleares
de Cádiz y Alcalá o la variante de creación
propia que nos legó en 1958 como cierre de
una caña e inspirada en Frijones, (‘Y
anda y no presumas más’); la bulerías
por soleá, tan singular en sus registros, o
los fandangos de su tío Enrique el Almendro,
aparte de que también recreó sobre las
variantes onubenses de Juan María Blanco (‘Era
hondillo y sin soga’) y la de Huelva capital
(‘Toas las mujeres llevan’)
Por fortuna para la silenciosa militancia caracolera,
la imagen de este sevillano irrepetible, de ecos estremecedores
y lastimar recio, de cuerpo proporcionado y orgulloso
semblante, ya despierta en todos sentimientos evocadores
que se exteriorizan en emocionantes manifestaciones
de cariño, tal y como se constata en la ofrenda
floral con que anualmente le honra la Peña
Pies de Plomo de Sevilla.
La personalidad y la tendencia establecida por Manolo
Caracol están, pues, totalmente presente en
su centenario y reflejadas en la escultura de bronce
que preside en su Alameda sevillana. Porque es cierto
que su figura artística y su magnitud teatral
ganó adeptos en perjuicio -queremos pensar-
de su desconocida y básica obra, pero cuando
los comentarios se apoyan en las fonotecas, su discografía
les hace experimentar una creciente mutación
estimativa: de ser el abanderado de la heterodoxia
y la arbitrariedad estilística, pasan a encarnar,
en el extremo opuesto, la más radical versión
de un artista comprometido con su tiempo y un cantaor
gitano garante de las duquelas de su etnia.

Manolo
Caracol con Arturo Pavón en el Circo Price
(1956)
Desde estos presupuestos, Caracol, en contra de lo
muchos piensan, no era solamente la 'Zambra', 'La
Salvaora' o 'La Niña de Fuego'. También
consiguió que nuestro corazón latiera
más rápido, pues lo mismo encarcelaba
en los estrechos rincones de una copla la intensidad
de la emoción que produce un sentimiento jondo,
que cortaba la respiración con las dolientes
aristas de su queja o bordaba los tercios con diamantes
de melodías entrecortadas.
Al tiempo del centenario de su nacimiento hay que
llamar, pues, la atención sobre esta paradoja,
porque la observación crítica prefirió
abordar al personaje a través de su biografía
teatral, con el riesgo de embalsamar la imagen más
banal del sevillano, cosa que no por real dejaba de
ser una estudiada actitud artística.
Empero, pese a que Caracol jugó con todos los
recursos, a que entraba y salía del compás
a su antojo o a que detentaba un latigazo emocional
espeluznante sin pretensiones de magisterio -para
el que no tenía cualidades-, el biznieto de
Curro Durse fue de una profundidad tan admirativa
como veteada de simbologías.
Mas sin perder las intenciones que estos apuntes pretenden
registrar, el busto llama la atención se mire
por donde se mire. De entrada, impresiona vivamente
la absorción sabia del escultor y la sensibilidad
de su destreza para trazar prodigiosamente la cabeza
de un artista que primeramente provoca el interés
y la fijeza por mirar de frente al cante, como debe
ser.
Un recorrido visual por la obra conduce a un proceso
de vivencia desdoblada: por una parte, la vida real
del genio en su Alameda; por otra, la vida que le
imaginamos a través de sus ejecuciones flamencas.
Según cuentan quienes le trataron en la intimidad,
se defendió del mundo real con la hosquedad,
la grosería o la indiferencia. El mundo imaginado
por sus seguidores sería su único y
auténtico universo, aquel en el que halló
la felicidad expresada por mor de un sonar vibrante
que desemboca rápidamente en un lenguaje lacerante,
que nos sorprende, a su vez, por su verdad íntima,
su jondura escondida y su desinterés por unas
normas establecidas no se sabe bien por quién
ni quiénes.
La escultura produce, igualmente, una favorable impresión,
tanto porque el gesto altanero de Caracol denota la
energía y singulares características
que le eran propias, cuanto por unos ojos entreabiertos
que revelan la gravedad y profundidad de una naturaleza
privilegiada.

Manolo
Carcolo y Rafael de León (Madrid 1946)
Estamos, por tanto, ante una obra que conmueve de
frente, impresiona de perfil y produce plena satisfacción
desde cualquier ángulo. Pero destaca mismamente
porque en su escondida mirada están presentes
los arrebatos momentáneos del genio, quedando
la mano derecha a modo de ofrecimiento de aquellas
melodías jondas que el cantaor vistió
de los más diversos ropajes.
Por último, ante un monumento de esta índole,
la verdad es que uno no sabe qué es más
digno de admirar, si la coherencia lógica del
eminente escultor o la profunda personalidad que cada
una de sus partes integrantes revela aisladamente.
Sea como fuere, lo cierto es que José Antonio
Blázquez y Ana María Bueno han quedado
encadenados en ese bronce y sólo una queja
trepidante que arrastre sones del "carcelero,
carcelero" podrá desencadenarlos. Y es
que a este monumento de Caracol sólo le falta
la 'bajañí' de Melchor de Marchena a
fin de que los trémolos del mago adviertan
a las generaciones venideras, a modo de epitafio,
que ningún genio fue empañado jamás
por el aliento de los críticos.
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Antonio
Mairena: la universidad del cante
Manuel
MARTÍN MARTÍN
Tengo
para mí que, entre otros débitos, la
gran deuda que todos contrajimos con Antonio Mairena
es que nos señaló el camino de cómo
abordar el pretérito, tan imprescindible para
la base de datos de nuestros artitas como imperfecto
por su permanente renovación, cómo actualizarlo
en el presente y de qué forma llegar al futuro
sin desvirtuar la esencia del arte que mejor nos representa.
Para evidenciar este razonamiento arrancaré
en junio de 2005, cuando la Consejería de Cultura
de la Junta de Andalucía me solicitó
redactar el expediente de la V Llave Oro del Cante,
galardón que, cuatro meses después,
recogería Fosforito en Málaga de manos
del ex presidente Manuel Chaves. Entonces, como ya
hemos repetido en otras ocasiones, el clamor popular,
el colectivo artístico, el tejido asociativo
peñístico y los analistas del género,
entendíamos que esta distinción sólo
se podía conceder a un artista que simbolizara
una época, que fuera un referente inexcusable
de su tiempo y que hubiera prestigiado este arte desde
su concepción cultural más inequívoca.

Se valoraba, igualmente, que disfrutara de motivos
sobrados de respeto y admiración hacia el flamenco
y que hubiese contribuido a su difusión pero
sin desvirtuarlo, con lo que, desde el punto de vista
institucional, se reconocía su contribución
a la universalización del flamenco, su genio
creativo, su influencia y su participación
decisiva en la evolución de una faceta, el
cante, a la que había entregado su esmero y
dedicación.
Con este premio se rendía homenaje, pues, al
creador de un lenguaje clave para el desarrollo del
arte flamenco, a la voz, en definitiva, que había
incrementado el código expresivo de la Flamencología
de cara a las generaciones subsiguientes, con lo que
a nadie medianamente informado extrañó
el que fuera Fosforito quien culminara un ciclo que
arrancó, presuntamente, el año 1868
con Tomás el Nitri; que pasó por las
manos de dos maestros que hoy siguen siendo referencias
ineludibles, como fueron Manuel Vallejo (Madrid, 1926)
y Antonio Mairena (Córdoba, 1962), y que en
su cuarta edición, allá por 2000, recayó
de manera excepcional, en el recordado Camarón
de la Isla a título póstumo.
Pero no siempre fue así. La ‘Llave de
Oro del Cante’ era una simple marca que adquiere
el valor de distintivo y una especial relevancia histórica
a partir de que en 1962 la consiguiera Antonio Mairena,
quien, a fuer de alcanzar cotas superiores de reconocimiento
intelectual, ejecución y dignificación,
le daría la categoría que hoy disfruta,
ya que hasta entonces se había considerado
como un premio de tantos que, a modo de estímulo,
homenaje o recompensa, se le había dispensado
a unos artistas que, por demás, vinieron a
protagonizar una época concreta.
La importancia de la ‘Llave de Oro del Cante’
adquirió, por consiguiente, su auténtica
dimensión, el valimiento y la autoridad que
nunca tuvo, con la tercera edición en manos
de Antonio Mairena (1909-1983). Ahora bien. ¿Era
consciente el Ayuntamiento de Córdoba del alcance
de la propuesta? ¿Tenía Antonio Mairena
el aval suficiente como para erigirse en triunfador
a sabiendas de que los maestros de entonces -Pastora
Pavón, Pepe Marchena o Manolo Caracol, entre
otros-, estaban aún en activo?

Por lo pronto, digamos que el Ayuntamiento que presidía
don Antonio Cruz Conde, al que llegué a entrevistar
por tal motivo, pretendía “hacer una
llamada, un toque de atención para dignificar
el flamenco, que estaba degenerando excesivamente
en el tablao”, y tenía las ideas muy
claras, ya que, según rezaba en su convocatoria:
“El Concurso de este año... revestirá
por tal motivo excepcional importancia, pues abierto
a profesionales y aficionados proclamará solemnemente
al mejor cantaor de nuestra época.”
La iniciativa no admitía, pues, interpretaciones,
pero a Córdoba, aquel mayo de 1962 le crecieron
las plegarias. Córdoba tenía la estrategia
definida porque asumió la responsabilidad de
anunciar al mundo al cantaor que iba a abordar la
complejidad del cambio que estaba gestándose
desde el ecuador del decenio de los cincuenta. Y el
motor de ese cambio, el modelo para establecer objetivos
ambiciosos en la búsqueda de un espacio común
-los festivales-, más competitivo y dinámico,
la apuesta, en definitiva, para ese nuevo ciclo, era
Antonio Mairena, el más dotado tanto para fortalecer
y reestructurar el sector cuanto para protagonizar
el avance de un colectivo con infinitas carencias
históricas no sólo de respeto y comprensión
artística, sino de índole social, económica
y cultural.
Por otra parte, aquel III Concurso Nacional de Cante
Flamenco ‘La Llave de Oro del Cante’,
dotado con 100.000 pesetas de las de entonces, estuvo
incardinado en el VII Festival de los Patios Cordobeses,
y, en aras de conmemorar “el centenario de la
institución de dicho Trofeo” según
recogía las bases, demandaba en su punto primero
la participación de profesionales y aficionados
que lo solicitasen antes del 1 de mayo.
¿Y qué garantías ofrecía
Antonio Mairena? Pues todas. Y no sólo porque
naciera con el estigma del talento, sino porque en
su garganta había más sabiduría
que en todos los libros escritos hasta entonces de
flamenco, como bien se constata en sus escritos, en
la discografía realizada hasta entonces o en
las sabias lecciones que impartió cantando
para el baile de Antonio.

El acontecimiento, ideado para que lo ganara, por
tanto, Mairena, fue concebido con el formato de concurso
y en él participaron -cobrando- Fosforito,
Juan Varea, El Platero de Alcalá y Antonio
el Chocolate, que acudió a Córdoba a
cantarle a su cuñado, Farruco, pero que aceptó
el ofrecimiento ya que, tras el rechazo de Pericón,
el no rotundo de Pepe el de la Matrona, que declinó
la invitación por orgullo y por falta de facultades,
y la actitud de Manolo Caracol, que quería
el galardón sin cantar siquiera, habrían
de optar al premio ni menos de cinco ni más
de seis cantaores.
Pero detengámonos en aquel mayo de 1962. Las
bases del concurso reclamaban tener demostrado con
suficiencia el dominio magistral de los cantes que
se exigen (Siguiriyas, Soleás, Tonás
y dos cantes a elección del concursante). Pues
bien, Antonio, que llevaba en el ADN la cultura de
su pueblo, canta en la Plaza de la Corredera los días
19 y 20 e interpreta en el desarrollo del concurso
cantiñas de Luisa Butrón, aires de romeras,
las dos variantes de Pinini y el juguetillo de cierre
de Paco el Gandul, cantes de los que Aurelio Sellés
definió como cantiñas entrecruzadas
con romeras, pero son buenas, son las auténticas...
También cantó tientos y tangos de Cádiz,
Los Puertos, Jerez y Triana, concretamente de El Mellizo,
Manuel Torre, Manuel el Sevillano, Frijones y Pastora
Pavón, y no faltaron, por supuesto, las soleares
de Alcalá, Juaniquí, Utrera y Triana.
Pero
como escribió Ricardo Molina en el diario Córdoba
el 27 de mayo de 1962, la consagración definitiva
de Mairena tuvo lugar en la competición de
las seguiriyas y las tonás.... Las tonás
de Mairena fueron, como sus seguiriyas, algo insólito
y monumental.

En efecto. Antonio interpretó las seguiriyas
de El Nitri, El Fillo y El Loco Mateo, que eran desconocidas
por casi todos, a más de unas tonás
que albergaron la entrada del martinete clásico
y trianero de Juan el Pelao, la toná de Los
Puertos, la Toná grande -que por vez primera
se cantaba en público-, y el remate popularizado
por El Gloria en 1931, con lo que a ningún
entendido sorprendió lo escrito por González
Climent: Durante la Llave de Oro, Aurelio Sellés
consideró la toná grande cantada por
Mairena como algo fuera de serie y probablemente lo
mejor del festival.
Hay que añadir, a renglón seguido, que
Mairena no cantó el romance en el concurso,
como se ha repetido hasta la saciedad, sino que lo
hizo el lunes 21 de mayo en el acto de entrega en
el Alcázar de los Reyes Cristianos. Pero lo
que importa resaltar es que a partir de esa fecha
nuestro protagonista se propone otorgar dimensiones
profundas a un flamenco sumido en situaciones de nula
entidad. Y como tenía la llave en su poder,
abrió las puertas de la dignificación
a lo jondo y hasta concibió la idea de fundar
una academia donde enseñar la autenticidad
de las formas flamencas. Es decir, que no sólo
marcó un antes y un después, sino que
dio a este arte el rango que nunca tuvo y se anticipó
a las academias que tanto pululan por el mundo mundial.
¿Hay quién haya dado más por
menos?
Sentado lo anterior, mantengo la tesis de que si en
la mente de la mayoría de hombres y mujeres
comprometidos con el flamenco, hay, entre otros muchos,
un eslabón esencial con lo que fuimos y lo
que somos, un nombre sensiblemente marcado por un
espíritu didáctico e indeleblemente
asociado a uno de los mayores avances conocido en
la historia, ese es Antonio Mairena.

La
razón no es sólo por haber sido un pensador
penetrante capaz de aportar una perspectiva propia
a cuestiones sustanciales del flamenco, o porque pusiera
su amplio horizonte de perspectiva histórica
al alcance de todos sus múltiples saberes,
sino porque forjó una escuela que da respuesta
a las preguntas que cada flamenco puede hacerse ante
el sentido de su vida artística.
Obvio es señalar que hasta su entronización,
la vida no le dio muchas facilidades para construir
una obra discográfica a la altura de sus intenciones.
Su primera época, de 1941 a 1956, transita
entre los cuatro discos de pizarra que grabó
con Esteban de Sanlúcar, a los tres cantes
que impresionó acompañando el baile
de Antonio, pasando por los cuatros discos de pizarra
que hizo con Paco Aguilera en 1950 y, sobre todo,
los no comerciales, tal que los grabados en Tánger
(1944), Madrid (1952) y Londres (1954), que dan buena
cuenta de sus preferencias cantaoras.
Estas
intenciones de distinguirse en los llamados cantes
básicos e instalarlos en la opinión
pública, aparecen con mayor claridad en el
disco Cantes de Antonio Mairena (1958), así
como en el trabajo colectivo Sevilla cuna del cante
flamenco (1959) y en la Antología documental
del cante flamenco y cante gitano, que dirigió
el propio Antonio Mairena y que, editada en 1965,
alberga las grabaciones realizadas en 1959.
Finalizada su etapa de cantaor para bailar y abrazado
a la gloria de la consecución de la III Llave
de Oro del Cante en 1962, Mairena evidencia su vocación
de servicio al flamenco y da un supremo valor al galardón
a través de discos como los tres singles Noches
de la Alameda(1963), los larga duración La
Llave de Oro del Cante (1964) y Cien años de
cante gitano (1965), y el álbum La Gran Historia
del Cante Gitano Andaluz (1966), tres discos que fueron
la guía de los maestros de este tiempo.

Siguiendo con su producción discográfica,
ésta baja el nivel con dos singles, Sevilla
por bulerías (1967) y Saetas de Antonio Mairena
(1969), y dos LPs colectivos, Festival de Cante Jondo
Antonio Mairena (1967) y Misa flamenca... en Sevilla
(1968), en contraste con lo que habría de venir,
el reconocimiento a sus maestros y a las comarcas
cantaoras.
Así, la afición se rinde ante álbumes
como Honores a la Niña de los Peines (1969),
Mis recuerdos de Manuel Torre (1970), La fragua de
los Mairena (1970), Antonio Mairena y el Cante de
Jerez (1972), Cantes festeros de Antonio Mairena (1972),
Grandes estilos flamencos (1972), Cantes de Cádiz
y Los Puertos (1973) y Triana, raíz del cante
(1974), obras que fueron como una reacción
contra los modelos ya fatigados del pasado.
Mairena se convertía con estas obras no sólo
en el vehículo ideal para que no se homologaran
aquellas corrientes que interesan al mercantilismo,
sino en el cantaor de referencia, el maestro que custodiaba
la integridad del género y velaba por la moral
del arte, como bien constató en el Esquema
histórico del cante por seguiriyas y soleares
(1976) y El calor de mis recuerdos (1983), dos obras
que situaron al flamenco en el Olimpo de las más
importantes músicas del mundo.
Desde estas referencias, con el maestro de los Alcores
los cantaores abandonan el adorno de los estilos y
se centran en la sustancia del cante, y en la búsqueda
en su obra de la libertad de vías para crear
desde el pluralismo de la tradición, encuentran
aquellos caminos que a medida que los acercan a la
autonomía creativa los alejan de la actual
licencia institucional para ser amorfos, difusos,
aflamencos y pedantes.
Para que las nuevas generaciones no se lanzaran, pues,
a la exploración de nuevos caminos sin ton
ni son, que no es sino el desconocimiento de la meta,
Mairena les mostró los senderos de las tonás,
de las que llegó a ser el más largo
de la historia creando hasta un estilo de Triana,
a más de afrontar con espeluznante maestría
las variantes de Los Puertos, la debla de Tomás
y los martinetes de Triana y Jerez.
También
fue uno de los cantaores que más seguiriyas
grabaron, de las que legó 3 estilos de Cádiz,
9 de las diez que se conocen de Jerez, 23 de Los Puertos
y 4 de Triana. Y un tanto de lo mismo podemos decir
de la soleá, de las que impresionó un
centenar y medio que confluyeron en 11 estilos de
Alcalá, 2 de Marchena, 6 de Cádiz, 9
de Jerez, 2 de Lebrija, 13 de Triana y 4 de Utrera.
Mairena aportó, igualmente, los nostálgicos
matices de la liviana, a la que desvincula de su aire
campero y a la que unió la toná y liviana.
Despojó de virtuosismo a la serrana, puso en
circulación el cante por romances, ofertó
por vez primera la giliana y fue el primer cantaor
de la historia en comenzar las cantiñas con
un juguetillo, sin olvidar su enciclopedismo por tientos,
tangos y bulerías, su impronta en la bulerías
de escuche o su dominio en los cantes de temporada,
sobre todo en la saeta, donde escribió con
letras de oro uno de sus capítulos más
fecundos.
Es desde estos presupuestos cómo Antonio Mairena
retó al cordaje de la guitarra. Su discografía
es todo un desafío al sentimiento, de ahí
que se erigiera en el auténtico despertador
de la conciencia flamenca de los españoles
a través de una obra en la que se trazan los
senderos que hoy son el manual de cabecera para los
caminantes de medio mundo, la guía que nos
lleva directa al alma y origen de los cantes.

Pero
como también hemos mantenido en otras ocasiones,
si el flamenco es parte sustancial de nuestra identidad
cultural, es porque acaricia la memoria de los presentes
con el viento del pasado. El hombre que conserva la
fe en el pasado, como apuntó Ortega y Gasset,
no se asusta del porvenir porque está seguro
de encontrar en aquél la táctica, la
vía y el método para sostenerse en el
problemático mañana.
Este axioma lo asociamos al mairenismo, pero no como
la única ruta en la que se asienta la autenticidad
jonda, sino como el remanso donde se afirman las corrientes
más caudalosas, una vía a la información
de la acción creadora e interpretativa de Antonio
Mairena y, por tanto, un espacio que facilita el acceso
a las formas que perpetuaron a tan ilustre andaluz
como exponente del sentir y del saber de la afición
flamenca.
Los registros sonoros que su obra comprende, impresionados
entre 1941 y 1983, son, por un lado, un complemento
al repertorio de la memoria flamenca de Andalucía,
y, por otro, responden a una necesidad pedagógica,
la que hoy demandan aquellos estudiosos, aficionados
y artistas que desean una herramienta de trabajo y/o
consulta que posibilite tanto el pensamiento como
la enseñanza desde cualquier rincón
del mundo.
Claro queda, por tanto, que la cuestión para
Antonio Mairena era cómo llegar al pasado sin
traicionar la esencia del arte y del saber que anhelaba
trasmitir. Y lo hizo a través del mairenismo,
movimiento que arranca en 1954 con el disco no comercial
grabado en Londres; que se consolida a partir de 1962,
cuando logra la III Llave de Oro del Cante, pero que
lo registra como escuela desde su convicción
absoluta de un conocimiento basado en la tradición,
de ahí su afán enciclopédico
de recoger el saber flamenco.

En tal sentido, colocarnos frente al mairenismo significa
situarnos ante la arqueología del saber. Hasta
el primer Hijo Predilecto de Andalucía, los
ecos estaban dispersos de las voces y el ordenar la
tipología requería un impagable trabajo
de campo, una esforzada capacidad de concentración
y una admirable labor de análisis, por lo que
se planteó un enfoque absolutamente distinto,
el de individualizar la coexistencia de estilos, tanto
para convencer al espíritu más refractario
de la belleza flamenca cuanto para trazar un universo
común entre los grandes maestros de los más
diversos períodos históricos, comarcas
cantaoras y escuelas expresivas.
La obra del maestro de los Alcores revisa, igualmente,
los valores de la tradición desde el punto
de vista formal y moral; busca un ideal de pureza
como defensa de lo heredado y, por consiguiente, de
crítica al artificio preciosista, de ahí
que se inspire en las formas de la Época de
Oro que se tienen por perfectas, a las que somete
a una profunda revisión.
A esta luz, el mairenismo es un retorno a los clásicos
y tiene un marcado carácter didáctico
y moralizador, por lo que simboliza lo que se bautizó
como neoclasicismo flamenco, entendiendo éste
como el movimiento que da preferencia al conocimiento
frente a los efectos, el que impone reglas a las que
han de ajustarse los cantes y, en definitiva, el que
conciliando la simetría rítmica con
la elegancia expresiva y la sobriedad interpretativa,
se convierte en el modelo a seguir.
La obra discográfica de Antonio Mairena hay
que elogiarla, pues, no sólo por ser una obra
de arte, sino por ser una obra de verdad. El maestro
se preocupó de traducir y ensanchar el legado
de la tradición porque consideraba este patrimonio
como una decantación de nuestra propia historia.
La repensó y la nutrió de una monumental
creatividad a través del mairenismo, y la proyectó,
dignificándola, hasta darle legitimidad histórica,
hasta hacerla matriz de la prótesis cultural
del flamenco.

Gracias a músicos ilustres como Antonio Mairena,
las nuevas generaciones no han de empezar de la nada.
Y diré más aún. Hoy, cuando celebramos
el centenario de su nacimiento, observamos que tres
generaciones han sido marcadas ya por las enseñanzas
de quien, en suma, fue un catalizador que despertó
sus pasiones por el flamenco. Y todo porque, como
observamos a diario, su obra no murió con él.
Antonio Mairena transmitió su espíritu
conservacionista, cierto, pero también su aliento
vanguardista y sus actitudes a nada menos que tres
generaciones, y encendió una llama, la de la
divulgación, pero con el mérito formidable
de que un cuarto de siglo después de su muerte,
todo lo que nos enseñó sigue vigente.
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